Necesidad y azar

02/10/09

Una interrupción en la lectura

Murió. Intentó cruzar la calle sin prestar la atención necesaria. Un camión. Me parece que el conductor no llegó a verlo; tampoco hubiera logrado evitar el choque, creo. Quedó tendido en el pavimento, casi partido en dos. De veras, no exagero: la parte superior y la inferior del cuerpo permanecieron unidas solo por la columna, el músculo y el cuero que lo recubre. El resto, abierto y con las vísceras extendidas en el asfalto. Mucha sangre, claro. Fue feo verlo allí, la mirada fija, turbia, los dientes encajados en las encías. Ignoro porqué sucede. Digo, que las encías queden así, expuestas. ¿Será eso que llaman rigor mortis? Enseguida la gente se amontonó a su alrededor; esos curiosos siempre aparecen, no sé de dónde, pero aparecen. Algunos se compadecían, otros gesticulaban, pero los más solo miraban. Una señora de trajecito sastre insistió en la necesidad de avisar a la policía, a los bomberos, a alguien que retirara el cadáver. No puede quedar esto acá, dijo. Me pareció una propuesta razonable, y pensé que uno de los presentes debería ocuparse. Entonces, antes de que algún curioso se fijara en mí, hice un bollito con la correa y el collar —ahora inútiles— y regresé al banco, a continuar leyendo bajo el cálido sol de otoño.

16/09/09

Sinestesia

No supo qué hacer ante tanto corte de ruta y de calle. Ella solo quería llegar al cumpleaños de la prima Lucía, con el regalo —una remera color lila— envuelto en papel brillante, el maquillaje fresco en sus ojos y el cabello recién arreglado en la peluquería de la vuelta. Pero no lograba salir del barrio, encontrar un colectivo, acceder a una boca de subte. Una marabunta de manifestantes se esparcía por puentes y avenidas, salvo aquellas bloqueadas por gomas incendiadas, camiones de través, peleas a puño y palos entre columnas antagónicas..., y los pies le empezaron a gemir en las sandalias nuevas, los dedos agarrotados entre las tirillas imitación cuero, el empeine forzado por la altura de los tacos. Al cabo de una hora de avanzar, retroceder, intentar un atajo, girar en círculos reflejándose en las mismas vidrieras protegidas por rejas, no le quedó otra que sentarse en un banco, a la entrada de un edificio de departamentos, sacarse las sandalias, estirar los pies, mover los dedos, apoyar la planta en el piso —sucias, las baldosas—, primero el pie izquierdo, luego el derecho, de a uno porque de otra forma el hormigueo y el dolor se volverían insoportables. De pronto, y antes de que llegara a calzarse de nuevo, los que marchaban por la calle comenzaron a correr, agitando las pancartas y vociferando como posesos. Ella miró la estampida sin saber qué hacer; solo atinó a apretar con fuerza su cartera. Uno chocó contra sus piernas extendidas, trastabilló y la insultó a gritos; el que venía detrás se agachó y agarró las sandalias y huyó con ellas, quizá para usarlas como si fueran piedras. Quedó inmóvil, casi acurrucada en el asiento, incapaz de reaccionar, y tampoco lo hizo cuando la granada de gases golpeó contra el árbol que estaba enfrente de su banco. En una perfecta sinestesia, cuando los gases le invadieron la nariz, la boca, los ojos, y le bloquearon la laringe y la tráquea y le cortaron la respiración, los pies dejaron de dolerle. Primero el derecho, luego el izquierdo.

08/09/09

Blanca, entrevistas, y también algo de Cortázar

Nos conocimos con Blanca (Blanca Miosi) hará dos años y medio, en Bibliotecas Virtuales. Entre cuentos y novelas, hemos recorrido juntas caminos de aprendizaje, de pesares y alegrías. Nos hemos divertido, también. Blanca ha publicado su segunda novela y va por la tercera; es mujer ocupada en mil cosas, y sin embargo, !tiene tiempo para entrevistarme!

Y yo, que borroneo cuentos un día sí y veinte no, y no más que eso, me emocioné, me puse extremadamente nerviosa, y en responderle gasté tanto las palabras que tenía conmigo, que he quedado en sllencio durante un par de semanas.

No poco ayudó a ese silencio el leer en el blog de Pepsi la entrada que abrió a propósito de la entrevista. Sabía que estaba armando un pdf. No que lo acompañaría sembrando datos jugosos sobre Estherlix (según ella, me caí de pequeña en una marmita de mate, y eso me otorgó poderes de lectura asombrosos).

Para quien desee leer ambas entradas:
(Aseguro al potencial lector que podrá encontrar, en ambos blog, entradas bastante más interesantes)

Versión On-line de la entrevista:




O en formato pdf para descargar en el siguiente enlace: Esther: una dama misteriosa




Y como Cortázar nunca te deja solitario, rumiando palabras que no encuentras, le pedí prestada una de sus Historias de Cronopios y Famas, para Blanca y Pepsi. Le juré que ambas son cronopios de buena ley, y entonces me dijo que sí.


Conservación de los recuerdos (Julio Cortázar)


Los famas para conservar sus recuerdos proceden a embalsamarlos en la siguiente forma: Luego de fijado el recuerdo con pelos y señales, lo envuelven de pies a cabeza en una sábana negra y lo colocan parado contra la pared de la sala, con un cartelito que dice: «Excursión a Quilmes», o: «Frank Sinatra».
Los cronopios, en cambio, esos seres desordenados y tibios, dejan los recuerdos sueltos por la casa, entre alegres gritos, y ellos andan por el medio y cuando pasa corriendo uno, lo acarician con suavidad y le dicen: «No vayas a lastimarte», y también: «Cuidado con los escalones». Es por eso que las casas de los famas son ordenadas y silenciosas, mientras en las de los cronopios hay una gran bulla y puertas que golpean. Los vecinos se quejan siempre de los cronopios, y los famas mueven la cabeza comprensivamente y van a ver si las etiquetas están todas en su sitio.



18/08/09

Cuentos de Terramar — Úrsula K. Le Guin

En 1968 Úrsula K. Le Guin publica Un mago de Terramar. La trilogía inicial sería continuada veinte años después con Tehanu (1990) y En el otro viento (2001), más dos volumenes de cuentos. De uno de ellos, Cuentos de Terramar, corresponde el Prefacio siguiente.


No tiene mucho sentido detenerse a hablar sobre Le Guin y sobre el mundo de Terramar. Para quienes la han leído, huelgan los comentarios. Para quienes no, todo se resume en una simple frase:

«¿Y qué estás esperando?».



PREFACIO

(de «Cuentos de Terramar»)



Al final del cuarto libro de Terramar, Tehanu, la historia había llegado a lo que yo sentía era ahora. Y, al igual que en el ahora del supuesto mundo real, no sabía qué sucedería después. Podía adivinar, predecir, temer, esperar, pero no lo sabía.

Incapaz de continuar la historia de Tehanu (porque todavía no había sucedido) y asumiendo tontamente que la historia de Ged y de Tenar había alcanzado su final feliz, le di al libro un subtítulo: «El último libro de Terramar».

Oh, tonta escritora. El ahora, se mueve. Incluso en los cuentos, en los sueños, en los «había una vez», ahora no es entonces.

Siete u ocho años después de que Tehanu fuera publicado, me pidieron que escribiera una historia que tuviera lugar en Terramar. Me bastó con echarle una breve mirada al lugar para darme cuenta de que habían estado sucediendo cosas allí mientras yo no estaba mirando. Ya era hora de regresar y descubrir qué estaba sucediendo ahora.

También quería conseguir información acerca de varias cosas que habían sucedido entonces, antes de que Ged y Tenar nacieran. Muchas cosas sobre Terramar, sobre los magos, sobre la Isla de Roke, sobre los dragones, habían comenzado a intrigarme. Con el fin de entender los acontecimientos actuales, necesitaba realizar ciertas investigaciones históricas, pasar algún tiempo en los Archivos del Archipiélago.

La manera cómo uno investiga una historia inexistente es contar la historia y descubrir qué sucedió. Creo que esto no es muy diferente a lo que hacen los historiadores del supuesto mundo real. Incluso si estamos presentes en un acontecimiento histórico, ¿lo comprendemos —podemos siquiera recordarlo— antes de contarlo como una historia? Y en lo que respecta a acontecimientos que tuvieron lugar en épocas o lugares ajenos a nuestra propia experiencia, no tenemos nada para continuar más que las historias que otra gente nos cuenta. Los acontecimientos pasados existen, después de todo, únicamente en la memoria, que es una forma de imaginación. El acontecimiento es real ahora, pero una vez que es entonces, su continua realidad depende totalmente de nosotros, de nuestra energía y de nuestra honestidad. Si permitimos que se escape de la memoria, únicamente la imaginación puede restablecer un mínimo atisbo de ese acontecimiento. Si mentimos acerca del pasado, obligándolo a que cuente la historia que queremos que cuente, que signifique lo que nosotros queremos que signifique, éste pierde su realidad y se convierte en una falsificación. Traer el pasado con nosotros a través del tiempo, en los bolsos de viaje del mito y de la historia, es una tarea muy dura; pero como dice Lao Tzu, la gente sabia sigue su camino con el equipaje a cuestas.

Cuando se construye o se reconstruye un mundo que nunca existió, una historia enteramente ficticia, las investigaciones son de un orden un tanto diferente, pero el impulso y las técnicas básicas son bastante similares. Se observa lo que sucede y se trata de ver por qué sucede, se escucha lo que la gente de allí tiene que decir y se observa lo que hacen, se piensa seriamente en todo esto y se intenta contarlo honestamente, de modo que la historia tenga peso y sentido.

Los cinco cuentos que contiene este libro exploran o extienden el mundo establecido por las primeras cuatro novelas de Terramar. Cada uno es una historia por sí mismo, pero resultarán más provechosos si se los lee después, no antes, de las novelas.

El descubridor tiene lugar alrededor de trescientos años antes de la época de las novelas, en un tiempo oscuro y turbulento; la historia revela cómo se originaron algunas de las costumbres y de las instituciones del Archipiélago. Los huesos de la Tierra trata sobre los magos que le enseñaron al mago que primero le enseñó a Ged, y demuestra que se necesita más de un mago para detener un terremoto. Rosaoscura y Diamante podría tener lugar en cualquier época durante los últimos doscientos años en Terramar; después de todo, una historia de amor puede suceder en cualquier momento y en cualquier lugar. En el Gran Pantano es una historia que sucedió en los breves cualquier lugar. En el Gran Pantano es una historia que sucedió en los breves pero movidos seis años durante los cuales Ged fue Archimago de Terramar. Y la última historia, Dragónvolador, que tiene lugar algunos años después del final de Tehanu, es el puente entre este libro y el próximo: El otro viento (que será publicado en breve). Un puente dragón.

Para que mi mente pudiera moverse de aquí para allá por los años y los siglos sin desordenarlo todo, y para mantener las contradicciones y las discrepancias en el nivel más bajo posible mientras estaba escribiendo estas historias, me convertí en alguien (un poco) más sistemático y metódico, y reuní mis conocimientos de los pueblos y de su historia en Una descripción de Terramar. Su función es la misma que la de aquel primer mapa que tracé de todo el Archipiélago y de los Confines, cuando comencé a trabajar en Un mago de Terramar hace más de treinta años: necesitaba saber dónde estaban las cosas y cómo llegar desde aquí hasta allí —tanto en tiempo como en espacio.

Debido a que esta clase de información ficticia, como los mapas de reinos imaginarios, les resulta realmente interesante a algunos lectores, he incluido la descripción después de las historias. También tracé nuevamente los mapas geográficos para este libro y, mientras lo hacía, felizmente descubrí uno muy antiguo en los Archivos de Havnor.

Por supuesto que he cambiado a lo largo de los años que han pasado desde que empecé a escribir acerca de Terramar, como también ha cambiado la gente que lee los libros. Todas las épocas son épocas de cambio, pero la nuestra es una de transformaciones masivas, rápidas, morales y mentales. Los arquetipos se convierten en lastres, las grandes simplicidades se complican, el caos se convierte en algo elegante, y lo que todo el mundo sabe que es verdad resulta ser lo que algunas personas solían pensar.

Es inquietante. Para deleitarnos completamente con lo cambiante, con el rayo de esperanza que nos ofrece la electrónica, también anhelamos lo inalterable. Adoramos las viejas historias por su permanencia. Arturo sueña eternamente en Avalon. Bilbo puede «ir hasta allí y volver una y otra vez», y «allí» es siempre la querida y familiar Comarca. Don Quijote se empeña siempre en matar a un molino de viento... Así es que la gente acude a los reinos de fantasía en busca de estabilidad, de antiguas verdades, de simplicidades inmutables.

Y las fábricas del capitalismo se las proporciona. La oferta satisface la demanda. La fantasía se convierte en un producto, en una industria.

La fantasía hecha producto no acarrea riesgo alguno: no inventa nada, sino que imita y trivializa. Comienza por privar a las viejas historias de su complejidad intelectual y ética, convirtiendo su acción en violencia, a sus actores en muñecos, y a la verdad que revelan en un cliché sentimental. Los héroes blanden sus espadas, sus láseres, sus varitas mágicas, tan mecánicamente como cosechadoras, recogiendo las ganancias. Las elecciones morales profundamente perturbadoras son descafeinadas, transformadas en «encantadoras» y seguras. Las ideas apasionadamente concebidas por los grandes contadores de historias son copiadas, estereotipadas, reducidas a juguetes, moldeadas en plásticos de colores llamativos, anunciadas, vendidas, rotas, tiradas a la basura, reemplazables, intercambiables.

Con lo que los productores de fantasía cuentan, y lo que explotan, es la insuperable imaginación del lector, niño o adulto, que da vida incluso a esas cosas muertas —cierto tipo de vida, y sólo durante un rato.

La imaginación, como todas las cosas con vida, vive ahora., y vive con, desde y en, un verdadero cambio. Como todo lo que hacemos y tenemos, puede ser cooptada y degradada; pero sobrevive a la explotación comercial y didáctica. La tierra sobrevive a los imperios. Los conquistadores pueden dejar un lugar desierto donde había bosques y praderas, pero la lluvia seguirá cayendo, los ríos seguirán fluyendo hasta el mar. Los reinos inestables, mutables y falsos del «había una vez» forman parte de la historia y del pensamiento del ser humano tanto como las naciones que aparecen en nuestros atlas, y algunos son más perdurables.

Hemos habitado ambos, los reinos reales y los imaginarios, durante mucho tiempo. Pero en ningún lugar hemos vivido como nuestros padres o nuestros antepasados lo hicieron. El encantamiento cambia con el paso del tiempo y con la edad.

Ahora conocemos una docena de Arturos diferentes, todos ellos verdaderos. La Comarca cambió irremediablemente, incluso en la época de Bilbo. Don Quijote se fue a caballo hasta la Argentina y se encontró allí con Jorge Luis Borges. Plus c'est la même chose, plus ça change.

Ha sido un placer para mí regresar a Terramar y encontrarla todavía allí, totalmente familiar, y sin embargo cambiada y aún cambiando. Lo que pensé que iba a suceder no es lo que está sucediendo, la gente no es quien —o lo que— pensé que era, y me perdí en islas que creía conocerme de memoria.

Así que estos son informes de mis exploraciones y descubrimientos: cuentos de Terramar para aquellos a quienes les ha gustado o para quienes piensan que podrían gustar del lugar, y están dispuestos a aceptar estas hipótesis:

las cosas cambian,

no siempre se puede confiar en los autores y en los magos,

nadie puede explicar un dragón.

09/08/09

Revista Literaria Prosofagia — Primera parte

Es curioso que, fomando parte del staff editorial de Prosofagia, recién luego de publicar el tercer número actualice mi blog y hable de ella. No, no es curioso: ha devorado, literalmente, buena parte de mi tiempo disponible para la vida virtual.

Todavía creo que estamos algo locos por lanzarnos en una aventura semejante: foreros casi sin formación o experiencia periodística, que se comunican exclusivamente por vías virtuales, sin lugar de trabajo y sin trabajar para Prosofagia —o sea, sin sueldo con el que comer todos los días—, sin dinero, ensayando un proyecto que abarca los doce meses de cada año.

Pero, en general, los prosófagos estamos algo locos, así que... ¿qué tiene de raro?

Pero, en general, los prosófagos tienen mucho que dar de sí. Relatos, poemas, artículos, ensayos. Fotografías y dibujos y pinturas. Conocimiento. Ideas. Imaginación. Somos muchos, y llegamos al foro desde dos continentes, cargados con las más disímeles expectativas y habiendo recorrido los más dispares caminos.

Con tal potencial, ¿cómo no pensar, suponer, soñar con atreverse a derrumbar los muros del "no se puede" y construir otros que, más que muros, sean redes de comunicación?

Felicitémonos, entonces. Todos: los que han puesto el hombro y los que han sido generosos con sus creaciones y con su tiempo y los que creyeron y apostaron a que sí, a que valía la pena. Todos los que han compartido la emoción de ingresar al foro un día cualquiera, y ver, en el tablón de anuncios, una imagen con un link: el número está en la calle.


26/01/09

El columpio

El chico de enfrente
Me quieree pegaar
Pooor un ajíiiiii




—¡Nena! ¡Bajá la voz! ¡No dejás dormir a nadie!

—Sí, mami…

—Hablo en serio. O hacés silencio, o te hago entrar… ¡y a la cama!

—Ta bien, mami…


La niña se impulsó de nuevo, envuelta en el viento del columpio subiendo, bajando, subiendo, la cara levantada al cielo y los ojos cerrados. El lazo carmesí en la cintura hacía juego con el que sujetaba su trenza: una nota de color en el blanco del vestido y de su piel translúcida asomando bajo las puntillas.



por un tomate,
poor una taazaa
de chocoolaateee



—¡Nenaa…!


Dejó de cantar. La luz de las estrellas atravesaba sus párpados, y ella no quería que la obligaran a cumplir el rito —absurdo, adulto— de encerrarse en la casa, en el dormitorio, entre sábanas que huelen a muerto y no al rocío que crece en las rosas y los jazmines, en los canteros prolijos y el césped recién cortado del parque.

Volvían de una juerga a las tres de la madrugada, zigzagueando por el medio de la calle.

Voces de borrachos, interrumpidas al observar, entre la maleza y el abandono y los postigos sucios de leyendas obscenas, un columpio subiendo, bajando, subiendo. Solitario, como si bastara la luz de la luna para impulsarlo.

30/11/08

El arriero va (Atahualpa Yupanqui)

En las arenas bailan los remolinos,

el sol juega en el brillo del pedregal,

y prendido a la magia de los caminos,

el arriero va, el arriero va.


Es bandera de niebla su poncho al viento,

lo saludan las flautas del pajonal,

y animando la tropa por esos cerros,

el arriero va, el arriero va.


Las penas y las vaquitas

se van por la misma senda.

Las penas son de nosotros,

las vaquitas son ajenas.


Un degüello de soles muestra la tarde,

se han dormido las luces del pedregal,

y animando la tropa, dale que dale,

el arriero va, el arriero va.


Amalaya la noche traiga un recuerdo

que haga menos pesada mi soledad.

Como sombra en la sombra por esos cerros,

el arriero va, el arriero va.


Las penas y las vaquitas

se van por la misma senda.

Las penas son de nosotros,

las vaquitas son ajenas.


Letra y música: Atahualpa Yupanqui
En versión de Los Chalchaleros


09/11/08

Quietud

De vez en cuando el aire adquiere una rara cualidad de quietud. Los niños duermen. No tienen:


fiebre,

diarrea,

insomnio,

pesadillas,

dientes cortando las encías,


sólo duermen, así, sin reclamos, sin urgencias.


Mi marido está en la cama, con los anteojos de leer sobre la nariz y el vaso de agua a mano, sorbiendo su cuota diaria de destrucción y sangre. Él dice que lee el periódico para mantenerse informado. Pero no se lo creo. Cuando lee el periódico tiene un cierto aire a vampiro.


Esta noche, mi hija adolescente no escucha esas estridencias a las que llama música; tampoco llora a moco tendido porque la dejó su último noviecito. El examen de geografía ha pasado sin crisis, así que no debo correr arriba y abajo con termómetros y medicinas. Por lo que acepto como un milagro, ninguna de sus cinco mejores amigas la llama por teléfono. Eso no lo entiendo bien. Si se tiene cinco amigas y una es la mejor amiga, entonces se tiene cuatro amigas y una mejor amiga. Pero no, ella tiene una mejor amiga pero cinco veces repetida. En fin, cosas de adolescente, en un par de años se curará.


El otoño ya está instalado en la calle; los vecinos han archivado la costumbre de acampar en la vereda hasta tarde, no se escuchan conversaciones, la radio, la moto del joven de al lado. El silencio fresco de la noche entra por la ventana abierta de par en par. Así que dejo los platos sucios en la pileta, formando una de esas pilas inestables e imposibles que, por desdicha, nunca se desploman evitándome el lavar la vajilla. Y me siento en la mesa de la cocina, con el álbum de fotos, un cenicero y el único cigarrillo que fumo en el día. Repaso mi pretérito en blanco y negro y en colores, me detengo aquí y allá, sin prisas, sin orden.


Nosotros, los primos, en la pileta de lona, en las dulces siestas de la infancia. Lucas y yo de la mano, ese día de la primavera... ¿y mi madre no se dio cuenta de nada?... ¡Si hasta la mirada me descubría! Qué inocentes eran las madres en esa época... La palita y el balde, primera vez en la playa, todavía no había empezado la escuela, eso seguro. Aquí están los tíos de Córdoba, en el verano memorable que nos juntamos todos en el campo. Lucas y yo, vestidos de gala para el baile de graduación, qué bien le quedaba el saco y el flequillo bien peinado. Mirá vos, la foto de sexto grado, con la maestra... ¿Cómo se llamaba...? ¡Ah...! Ya me cuesta recordar algunas cosas, la memoria me flaquea. Mis padres, mi hermano y el cachorro, en el patio; seguro la saqué yo, está fuera de foco.


Me contaron que antes la gente no se dejaba fotografiar. Por miedo: creían que el alma se le quedaba atrapada en las fotos. No lo entiendo bien, pero a lo mejor tenían algo de razón. Porque hay un aroma a... ¿rosas detenidas en el tiempo...? No sé bien a qué, pero el álbum no huele a polvo y papel viejo, no, huele a otra cosa.


Mario aparece en la cocina. Seguro terminó con el periódico; y no le gusta dormirse sin mí. Se sienta a mi lado y ríe mirándome, once años y de trenzas y sonrisa boba de circunstancias. Carraspea al llegar a las fotos que tengo de Roberto, con Roberto, allá en el primer año de la universidad. Le doy un codazo, pero las chispitas relucen tras las gafas de leer, así que ya sé que dejará caer alguna de sus escandalosas bromas. Mario es así, nomás.


Ya es tarde. Cerramos el álbum, las ventanas, él se asoma a la habitación de los niños, yo certifico que nuestra adolescente preferida se quedó dormida sobre su escritorio, quizás abrazada a sus propios recuerdos.


El olor a rosas me acompaña por las escaleras. Lo dejo entar en el dormitorio.



28/09/08

Las uvas de la ira - John Steinbeck

A mediados de junio llegaron grandes nubes procedentes de Texas y del Golfo, nubes altas y pesadas, cargadas de lluvia. En los campos, los hombres alzaron los ojos hacia las nubes, olfatearon el aire y levantaron dedos húmedos para sentir la dirección del viento. Y los caballos mostraron nerviosismo mientras hubo nubes en el cielo. Las nubes de lluvia dejaron caer algunas gotas y se apresuraron en dirección a otras tierras. Tras ellas el cielo volvió a ser pálido y el sol llameó. En el polvo quedaron cráteres donde las gotas de lluvia habían caído, y salpicaduras limpias en el maíz, y nada más.

Un viento suave siguió a las nubes de lluvia, empujándolas hacia el norte y chocando blandamente contra el maíz, que empezaba a secarse. Pasó un día y el viento aumentó, constante, sin ráfagas que lo interrumpieran. El polvo subió de los caminos y se extendió: cayó sobre la maleza al lado de los campos e invadió los campos mismos. Entonces el viento se hizo fuerte y duro y se estrelló contra la costra que la lluvia había formado en los maizales. Poco a poco el polvo se mezcló y oscureció el cielo, y el viento palpó la tierra, soltó el polvo y se lo llevó, al tiempo que crecía en intensidad. La costra de la lluvia se quebró y el polvo se elevó sobre los campos y formó en el aire penachos grises como humo perezoso. El maíz trillaba el viento y hacía un ruido seco, impetuoso. El polvo más fino ya no volvió a posarse en la tierra, sino que desapareció en el oscuro cielo.

El viento creció, removió bajo las piedras, levantó paja y hojas viejas, e incluso terrones pequeños, dejando una estela mientras navegaba sobre los campos. El aire y el cielo se oscurecieron y el sol brilló rojizo a través de ellos, y el aire se volvió áspero y picante. Por la noche el viento corrió más rápido sobre el campo, cayó con astucia entre las raicillas del maíz y éste luchó con sus debilitadas hojas hasta que el viento entrometido liberó las raíces y, entonces, los tallos se ladearon cansinos hacia la tierra apuntando en la dirección del viento.

Llegó la aurora, pero no el día. En el cielo gris apareció un sol rojo, un débil círculo que daba poca luz, como en el crepúsculo; y conforme avanzaba el día, el anochecer se transformó en oscuridad y el viento silbó y lloriqueó sobre el maíz caído.

A media noche el viento pasó y dejó la tierra en silencio. El aire lleno de polvo amortiguaba el sonido mejor que la niebla. La gente, tumbada en la cama, oyó cómo el viento paraba. Se despertaron cuando el impetuoso viento desapareció. Tumbados en silencio escucharon intensamente la quietud. Luego cantaron los gallos, un canto amortiguado y las personas se removieron inquietas en sus camas deseando que llegara la mañana. Sabían que el polvo tardaría mucho tiempo en dejar el aire y asentarse. Por la mañana el polvo colgó como una niebla y el sol era de un rojo intenso, igual que sangre joven. Durante todo ese día y el día siguiente el polvo se fue filtrando desde el cielo. Una manta uniforme cubrió la tierra. Se asentó en el maíz, se apiló encima de los postes de las cercas y sobre los alambres, se posó en los tejados y cubrió la maleza y los árboles.

Las gentes salieron de sus casas y olfatearon el aire cálido y picante y se cubrieron la nariz defendiéndose de esa atmósfera. Los niños salieron de las casas, pero no corrieron ni gritaron como hubieran hecho después de la lluvia. Los hombres, de pie junto a las cercas, contemplaron el maíz echado a perder, muriendo deprisa ahora, sólo un poco de verde visible tras la película de polvo. Callaban y se movían apenas. Y las mujeres salieron de las casas para ponerse junto a sus hombres, para sentir si esta vez ellos se irían abajo. Observaron a hurtadillas sus semblantes, sabiendo que no tenía importancia que el maíz se perdiera siempre que otra cosa persistiese. Los niños se quedaron cerca, dibujando en el polvo con los dedos de los pies desnudos y pusieron sus sentidos en acción para averiguar si los hombres y las mujeres se vendrían abajo. Miraron furtivamente los rostros de los adultos, y luego, con esmero, sus dedos dibujaron líneas en el polvo. Los caballos se acercaron a los abrevaderos y agitaron el agua con los belfos para apartar el polvo de la superficie. Pasado un rato, los rostros atentos de los hombres perdieron la expresión de perplejidad y se tornaron duros y airados, dispuestos a resistir. Entonces las mujeres supieron que estaban seguras y que sus hombres no se derrumbarían. Luego preguntaron: ¿Qué vamos a hacer? Y los hombres replicaron: No sé. Pero estaban en buen camino.

Las mujeres supieron que la situación tenía arreglo, y los niños lo supieron también. Unos y otros supieron en lo más hondo que no había desgracia que no se pudiera soportar si los hombres estaban enteros. Las mujeres entraron en las casas para comenzar a trabajar y los niños empezaron a jugar, aunque cautelosos. A medida que el día avanzaba, el sol fue perdiendo su color rojo. Resplandeció sobre la tierra cubierta de polvo. Los hombres, sentados a la puerta de sus casas, juguetearon con palitos y piedras pequeñas; permanecieron inmóviles sentados, pensando y calculando.



Las uvas de la ira - Fragmento del Capítulo I

John Steinbeck (1902-1968)

07/09/08

Ruidos en el techo

Me despertó el dolor; no ese de una muela infectada, ni el lacerante de una herida, sino el sordo dolor de músculos agarrotados sobre huesos torcidos. Otra vez me había dormido en el sillón del comedor, el esqueleto mal apoyado sobre el respaldo, la cabeza caída a un costado, los músculos del cuello tironeando para mantener todo junto. Miré la pantalla del televisor: la película había terminado mientras dormía mi sueño de sillón y contracturas. Hay que ser zonza, me dije. Una sensación de náuseas acurrucadas en el estómago me recordó que no había tomado la medicación. Otra zoncera.

Fui a la cocina, llené medio vaso con agua fría, y busqué la tirita de píldoras en la frutera falsa del aparador. Estaba apartando las facturas impagas que flotaban en su superficie cuando me paralizó el ruido en el techo. El galope retumbante, las chapas desencajándose unas de otras casi como si se viniera el techo abajo, y yo allí, frágil en medio de un anunciado derrumbe. Pero no, eran los gatos del vecino, insoportables criaturas insensibles a mi sensibilidad, siempre ocupadas en ignotos menesteres en horarios imposibles. No habría derrumbes, después de todo, y mi fragilidad volvió a solidificarse en cuerpo, órganos y sistemas. Tragué la píldora y el agua y regresé a la cocina para enjuagar el vaso. Eso estaba haciendo cuando el ruido me volvió a paralizar.

Y ahora, ya no se trataba de gatos.

Me vino a la memoria la rima infantil, anoche ya tarde y la noche anterior, llaman a la puerta, tengo que salir y no sé si puedo, me da mucho miedo.

Esta noche, como anoche y la otra noche... cerré la ventana de la cocina, vidrio contra vidrio, madera contra madera. Me apresuré, repasando el mapa de la casa. El baño no, el ventiluz es pequeño, no interesa; al comedor ahora, enredarse en las cortinas de puntillas y encaje, cerrar las hojas de vidrio, tironear la cinta atascada hasta conseguir bajar la persiana. Pasar de largo el dormitorio, las ventanas las cerré antes de la película, correr a la galería, los amplios ventanales abiertos de par en par, que si la galería no sirve para refrescar en verano para qué otra cosa puede servir. Estaba llegando cuando la luz se me fue de todos lados —esta noche, como la otra noche—, súbito cese de propagaciones rectilíneas de haces, de retinas y bastoncillos ópticos, todo ciego, todo inútil. Empecé a tantear los sillones, choqué contra la mesita del teléfono y contuve el gemido por el pie dañado, logré alcanzar la pared de la izquierda, la seguí ladrillo tras ladrillo, revoque tras revoque. Tras un minuto interminable palpé el marco del ventanal. Pensé que lo primero es lo primero, y bajé la persiana metálica de un tirón, de golpe. Luego, más tranquila, recorriendo el vidrio encontré la falleba, la persiana ya baja, el otro vidrio, la otra falleba. Me costó trabajo cerrar ambas hojas y asegurar el pasador, así a oscuras como estaba, así ciega como estaba.

Ya no había más que hacer.

Desandé el camino, ladrillo tras ladrillo, madera lustrada de mesa, pana de sillón, espejo con marco. Al llegar al espacio vacío de la arcada estiré los brazos hasta conseguir tocar la puerta del dormitorio. Desde allí fue más fácil; apenas unos instantes para llegar a la mesa de luz, tironear del cajón, abrirlo, deslizar la mano entre libros, paquetes de cigarrillos y botones sueltos, hasta encontrar la linterna. Guardo una en la mesa, por si los ruidos en medio de la noche, por si la perilla del velador no responde en la oscuridad. Las pilas están un poquito gastadas, la luz es vacilante y vagamente amarillenta, pero sirvió para atravesar el desorden del dormitorio hasta la repisa donde tengo velas y fósforos, precavidamente porque —esta noche y la otra noche.

Podría recorrer la casa armada con mi vela y mi linterna, revisando, reconociendo cada ventana y puerta al exterior, moviendo interruptores de luz, apagar el televisor ahora decididamente inútil, verificar si la puerta de la heladera quedó bien cerrada.

Pero no, mejor no, mejor quedarse en el dormitorio.

Entonces encendí la vela y me senté en la cama, a observar con distraído agotamiento las sombras sobre la pared. Palpé el tobillo que se cruzó con la mesita del teléfono; no parecía necesario preocuparse más por él. Puse en hora el despertador, apagué la vela, acomodé la linterna debajo de la almohada y me acosté, decidida a dormir, pese a todo. Me dije que lo primero a hacer a la mañana siguiente era llamar a la Compañía. No puede ser que caigan dos gotas de agua y corten la electricidad en todo el pueblo.

Mientras tanto —mientras el efecto del somnífero— me acurruqué en la cama, tapándome los oídos, los ojos bien cerrados. Por fin, la lluvia torrencial se descolgó de los truenos premonitorios. Esta noche, como anoche y la otra noche.

20/07/08

Los consejos del Viejo Vizcacha - José Hernández

(756)
Me parece que lo veo
con su poncho calamaco,
despues de echar un güen taco,
ansí principiaba a hablar:
"Jamás llegues a parar
ande veas perros flacos."
(757)
"El primer cuidao del hombre
es defender el pellejo.
Lleváte de mi consejo,
fijáte bien en lo que hablo:
el diablo sabe por diablo,
pero más sabe por viejo."
(758)
"Hacéte amigo del Juez;
no le des de que quejarse;
y cuando quiera enojarse
vos te debés encoger,
pues siempre es güeno tener
palenque ande ir a rascarse."
(759)
"Nunca le llevés la contra,
porque él manda la gavilla:
allí sentao en su silla,
ningún güey le sale bravo;
a uno le da con el clavo
y a otro con la cantramilla."
(760)
"El hombre, hasta el más soberbio,
con más espinas que un tala,
aflueja andando en la mala
y es blando como manteca:
hasta la hacienda baguala
cai al jagüel con la seca."
(761)
"No andés cambiando de cueva;
hacé las que hace el ratón.
Conserváte en el rincón
en que empezó tu esistencia:
vaca que cambia querencia
se atrasa en la parición."
(762)
Y menudiando los tragos
aquel viejo, como cerro,
"No olvidés", me decía,"Fierro,
que el hombre no debe crer
en lágrimas de mujer
ni en la renguera del perro."
(763)
"No te debes afligir
aunque el mundo se desplome.
Lo que más precisa el hombre
tener, según yo discurro,
es la memoria del burro,
que nunca olvida ande come.


José Hernández (1834 – 1886)
El extracto anterior corresponde a “La vuelta del Martín Fierro” (1879), capítulo XV

13/06/08

Días de messenger


JM dice:
¿Estás ahí?

Shu dice:
Sí, sí.

JM dice:
Te estuve esperando toda la tarde, mi querida, toda la tarde.

Shu dice:
Es que no pude escaparme antes, no sabés el lío que es mi casa, con tantos niños, ¡me moría de ganas de verte, yo también!

JM dice:
Mmm..., me encanta que me digas eso..., me hace pensar en que... ¿Sabés cuánto te quiero?

Shu dice:
Ehh... no, no lo sé...

JM dice:
¿No lo sabes?... ¿Tengo que decírtelo de nuevo?

Shu dice:
Sí, sí. Hace un montón que no te lo escucho...

JM dice:
Te quiero, te quiero, te quiero. ¿Más?

Shu dice:
Más.

JM dice:
No.

Shu dice:
¿No?

JM dice:
No. Te lo diré cuando nos veamos. Cuando nos veamos de verdad. Te lo diré mientras te desnudo. Te diré que te quiero y te extenderé en la cama y te diré que te quiero y te desnudaré despacio, muy despacio

Shu dice:
Despacio, sí, como me gusta que lo hagas

Shu aparece como no conectado

.....
.....

JM dice:
¡Mierda! ¿Qué pasó ahora?
.....
.....

Shu dice:
Los tíos querían despedirse. No me quedó otra que bajar, no podía...

JM dice:
No aguanto más. Me vuelvo loco, quiero acostarme con vos y no puedo, quiero verte y siempre es con gente alrededor, te espero durante horas para que te conectes y esto es lo que pasa, te tenés que ir de golpe y...

Shu dice:
Mi amor, por favor, no te pongas así, debo irme, Joaqui, sabés, hay que cantarle el feliz cumpleaños, no puedo ¡te quiero! pero besos besos besos

Shu aparece como no conectado

JM dice:
Besos.


El cansancio le cayó encima, así de golpe, justo en el instante de cerrar la puerta detrás del último niño y los últimos padres. Miró a a su alrededor, a los despojos de la fiesta, los manteles salpicados de restos de sandwich y pedazos de torta, el piso pegoteado de gaseosa. Un par de globos, de pura casualidad todavía intactos, le sonreían atados al ventanal. Los observó con un dejo de curiosidad. ¿Por qué había comprado globos tan absurdos? No sé -se dijo a sí misma- y tampoco importa. Quiso subir al escritorio, prender la computadora, ver si aún estaba conectado. Imposible. Lo escuchó a Joaqui, jugando todavía con Mario, ¿con la pelota nueva en el living? Prefirió no saberlo. Despacio, comenzó a juntar vasos de papel y sorpresitas olvidadas, despacio, muy despacio. Joaqui no cenaría, por supuesto, tanto jugar... el sueño lo vencería temprano. Se agachó a levantar un envase vacío, caído debajo de la mesa. Recordó la vez que Joaqui se quedó dormido debajo de otra mesa, en la casa de los suegros, mientras la familia gritaba sus interminables discusiones políticas de sobremesa. La ternura le iluminó la mirada, y se quedó allí, en el caótico fin de fiesta, desdibujada por las primeras sombras que entraban por la ventana, y sin saber que Mario, recostado en el marco de la puerta, la observaba. Amándola en ese instante como en todos los otros, aún en aquellos en los que el peso de la culpa la aplastaba, también en esos en que ella –y él lo sabía– se ruborizaba frente a la pantalla de la computadora, dolorosamente transparente en la impaciencia con la que sus manos volaban en el teclado.

13/05/08

Estudiando de noche

Junio de 1973

Estudió hasta el amanecer, encorvado sobre los libros, memorizando frases y ecuaciones, a veces desandando el camino para encontrar el sentido que se le había escapado una página atrás. Durante largas horas se había mantenido a café, mientras traducía los escritos en imágenes asequibles por su cansada mente, a lo último ya descifrando las letras con ayuda de una lupa. Ahora, en el ritual final de sus noches de estudio, cerró los libros y el cuaderno de anotaciones, colocó el capuchón a la lapicera y se estiró hacia atrás en la butaca, dejando que lo aprendido fluyera entre sinapsis y nervios, decantara entre conscientes y subconscientes.

Luego se levantó, abrió el ventanal del balcón y se quedó allí, justo en la interface entre el aire pesado de la habitación calefaccionada y el viento frío del invierno. Afuera crecía una leve luminosidad por detrás del cemento y las neblinas. Observó con detenimiento los edificios de la vereda de enfrente. Casi todas las ventanas tapiadas, espacios aún oscuros y silenciosos, esa suerte de muerte nocturna de la ciudad. Lástima que abajo, en la calle, la ciudad no se muriera, puro estrépito y bocinazos y chirridos. Recordó otra vez los campos callados de su infancia, la soledad de humanidad, los cielos escandalosamente desmedidos.

¿Era ya la hora? No, se dijo a sí mismo, todavía no. Con lentitud cerró el ventanal y guardó sus cosas de estudiante. Un desayuno le levantaría el ánimo, café con leche y tostadas y manteca y dulce de leche, sin periódico y con la familia aún durmiendo. Luego habría que pensar en bañarse, la corbata, el saco, el maletín y la oficina. Agachando los hombros, agachando la cabeza, otro día más, otro infinito de rutina a prueba de fugas.

Julio de 1973

Durante un par de días la noticia estuvo en la primera página de los diarios de Capital. Un hombre de 42 años, empleado en una compañía de seguros, una familia común de clase media, una existencia aburridamente normal. Salvo que una mañana su esposa lo halló muerto, tirado sobre su escritorio y con la lapicera todavía en la mano.

Lo interesante de la historia no fue que se muriera, sino que nadie logró averiguar de qué. No había muerto ahorcado, decapitado, ahogado, quemado o sepultado por una avalancha. No se le encontró heridas, golpes o pinchazos. No se halló rastro alguno de sustancias extrañas en su organismo. Su historial médico era casi increíble de tan impecable. La autopsia no reveló que padeciera de trastorno alguno, no hablemos ya de un trastorno mortal. Sólo estaba muerto, y con una rara expresión de calma en su rostro, rara y persistente a decir verdad, porque se mantuvo pese a tanto manoseo del cadáver.

El misterio de la muerte sin motivo, así encabezó los titulares un pasquín de poca monta. Si estaba enfermo, ¿de qué? Si se había suicidado, ¿cómo lo había hecho? La esposa fue considerada sospechosa de asesinato, sí, pero tuvieron que dejarla libre de tales sospechas: si lo había asesinado, ¿cómo lo había logrado?

En el curso de la investigación apareció un detalle curioso: no se halló señal de los libros y cuadernos con los que se encerraba muchas noches. Ni siquiera un mísero papel que justificara que se muriera con una lapicera en la mano, y encima sin capuchón. Parece que el hombre quería progresar en la empresa: estaba siguiendo unos estudios universitarios en marketing. Lástima que la policía averiguó que no estaba inscripto en curso alguno en la universidad o en otra institución.

Los investigadores terminaron archivando el misterio de los libros esfumados de un curso que nunca existió, estudiados por un hombre que, de buenas a primeras, se murió sin hacerle caso a la medicina o al sentido común. La compañía de seguros se convenció de que no era demostrable suicidio o asesinato por los deudos, y que no le quedaba otra que pagar el seguro de vida. Como era sustancioso, la familia logró rescindir el contrato de alquiler del departamento y comprar uno en otro edificio y otro barrio.Todas las semanas iban al cementerio, a llevarle flores al difunto. Con el correr del tiempo, la viuda se volvió a casar, echó al suegro del departamento y dejó de visitar la tumba. Su nuevo marido se jugó a las patas de los caballos los ahorros conseguidos con la muerte del anterior, y ella terminó limpiando pisos por centavos la hora.

Julio de 1932

El viento corre a campo traviesa, glacial, desnudando el paisaje hasta los huesos. El rancho se agazapa contra una formación rocosa, única protección en kilómetros a la redonda. Bajo el alero, el hombre mira y toma mate, toma mate y se empapa en la lujuria del amanecer. Unos cuarenta años, forastero, aún no curtido por soles y aguaceros. En realidad, su piel parece tan suave como la de un recién nacido. Así comentaron en el poblado más cercano la primera vez que apareció, con una pesada bolsa con libros y papeles, pero falto de cacerolas, yerba, azúcar, harina y sal.

En ese inclemente invierno lo volvieron a ver otras veces, buscando madera y clavos para arreglar las ventanas, preguntando por la compra de animales de cría o en dónde herrar su caballo. No parecía persona afecta a hacer bromas, pero reía mucho y con alegría contagiosa, y solía contar historias interesantes, de las que se disfrutan al abrigo del frío y con una botella de vino tinto a mano. Pagaba sus gastos con prolijas reparaciones de carpintería; eso le parecía bien a los lugareños, porque aún faltaría un tiempito para que las ovejas le rindieran alguna ganancia. Como se dice, un buen hombre, de los que no se meten con nadie, de los que hacen su trabajo y en paz.
Eso sí, se notaba que era persona instruida, hablaba bien, con corrección, hasta sabía escribir. Y con tantos libros, cómo no. Ël decía que los libros eran un recuerdo de otra época, de la época en que fue estudiante. Los paisanos no son curiosos, y nadie le preguntó qué estudiaba. Ël tampoco lo dijo.

Se sabía que la Etelvina solía ir al rancho de vez en cuando, de seguro a calentar un poco la cama. Un día pasó por el poblado un cura viajero y, para que no vivieran en pecado, los casó, así, de camino, como quien dice. La Etelvina era mucho más joven que él, pero no una niña, y se apresuró a parirle hijos. Dos nacieron muertos y uno se descalabró la cabeza al caer del caballo. Sobrevivieron tres varones y una mujer; con los años hicieron lo que debían, se casaron y se fueron a buscar su lugar en el mundo. Salvo el menor. El menor se quedó, hombro con hombro con el padre, trasquilando ovejas, arreglando techos y corrales. A su debido tiempo llegaron la nuera y los nietos.

La historia grande fue pasando al costado del rancho, apenas dejando una radio para escuchar un ocasional noticiero. Las guerras y revoluciones parecían detenerse justito ahí, en la tranquera azotada por los vientos. El forastero ya tenía la piel curtida, las arrugas profundas y un insidioso reumatismo. Seguía sentándose cada amanecer y cada anochecer bajo el alero, ahora con su hijo, conversando en silencio y atendiendo a los cielos púrpuras, a las lluvias, a los soles y estrellas. Los vecinos solían caerse por el rancho, le traían cartas y papeles para que él se los leyera o se los escribiera. O simplemente venían a dar una mano en las épocas de mucho trabajo, o a un asadito, a una mateada con tortas fritas, a hablar de las cosas de las que vale la pena hablar.

Yo era un chico en esa época, y trabajaba allí por una cama, la comida, las alpargatas y poco más, que ya era mucho en aquellos años de miseria. Era un buen patroncito, y de sus consejos me he valido toda la vida. Aprendí de él a leer y a escribir. También a escuchar el amanecer, el viento, el silencio.

La Etelvina se le fue una tarde de polvo y nubes; según dicen, su corazón se declaró incapaz de latir. El patroncito anduvo unos días como perro sin dueño, olfateando el olor de ella por todos los rincones del rancho. Quizás su corazón también estaba gastado, porque menos de un mes después se quedó muerto al amanecer, con la pava y el mate, bajo el alero.

Un buen hombre que vivió una buena vida y supo cuándo irse, ése fue el epitafio de los paisanos. Lo enterramos al lado de la Etelvina, para que no estuviera solo. Ese día cerré por luto la escuelita del pueblo; al fin y al cabo el patroncito ayudó a construirla, sin contar que gracias a él tuve el coraje de estudiar para maestro.

Una semana después ví al hijo sacar del cobertizo una bolsa de tela, viejísima, oscura de tierra y telarañas. Cavó un pozo en el gallinero y allí quemó la bolsa. Me dijo que su padre se lo había pedido. Los libros estaban casi deshechos en polvo y ardieron bien y rápido. Alcancé a ver algunos renglones, ininteligibles, seguro escritos en otro idioma.

Si mal no recuerdo, fue por julio del 73, un invierno tan crudo como los de antes.

07/05/08

La física del tiempo (en Ciencia Hoy)

...Sin embargo, a pesar de que el uso de las metáforas es un valioso instrumento didáctico, ellas no nos revelan la naturaleza íntima de las cosas. En el mejor de los casos, sirven para familiarizarnos y acostumbrarnos a sobrevivir con la dificultad. En el peor de los casos, caemos en el error de identificar, sin matices, los conceptos claros de las metáforas con los conceptos oscuros que queremos aclarar. Este error es muy común cuando pensamos en el concepto de tiempo. Es casi inevitable apelar al movimiento constante e irreversible del agua en un río sereno como metáfora para el tiempo. ‘El tiempo fluye’, ‘¡Qué rápido pasa el tiempo!’, ‘El tiempo no vuelve’. Ahora bien, ¿desde dónde y hacia dónde fluye el tiempo? ¿A qué velocidad pasa el tiempo?; ¿a 60 minutos por hora? ¿Desde dónde no vuelve? Esta metáfora no sirve porque contiene la falacia lógica de la circularidad: no podemos explicar al tiempo porque el movimiento del agua en el río es el cambio de posición respecto del tiempo, ¡que es lo que queremos explicar! De hecho, es extremadamente difícil pensar en el tiempo sin caer en este error de lógica. Otra metáfora confusa es asociarle al tiempo una existencia objetiva similar a la que le asignamos a los objetos materiales. Podemos ‘perder’ tiempo o ‘ganarlo’. ‘El tiempo es oro’. Pero, ¿dónde está guardado el tiempo que no se pierde? ¿Cuántos quilates pesa un segundo?...


Alberto Clemente de la Torre – Dto. de Física, FCEyN, UNMdP

En: Ciencia Hoy (2002) 12 (Nº 71): 30-37


http://www.cienciahoy.org.ar/ln/hoy71/fisica.htm

20/04/08

No entendí

—No entendí —dice Juana.

—¿Qué no entendiste?

—Nada.

—¿Cómo que nada? Llevo tres clases explicando ecuaciones de segundo grado... ¡Algo tendrás que haber comprendido del tema!

—No. Esto es muy difícil.

—¿Muy difícil...? A ver, el resto... ¿qué dicen? ¿Tampoco entendieron?


Silencio profundo.


—¡Pero será posible! Elenita... vos, sí... ¡vos! ¿Qué es una ecuación de segundo grado?

—Este... bueno... de segundo grado... bueno, es cuando es mayor que el primer grado, ¿no?


Elenita vacila y se queda mirando el pizarrón, con mirada ausente.


—¿Mayor...? ¿Qué es mayor? ¿Qué cosa es mayor?

—Bueno, es mayor la ecuación, es más grande, eso —contesta Elenita.

—¡Oh, más grande! ... Por favor, Ernesto, no sé qué estás haciendo, ¡pero dejá ya de hacerlo! ¿Me escuchás?

—Sí, profesora, la escucho. Pero no estoy haciendo nada.


Ernesto pone cara de pánfilo, o sea, cara apropiada a las circunstancias.


—Seguro. No estás haciendo nada. Bueno, entonces, ¡ponete a hacer algo ahora mismo! Contestame la pregunta. ¿Puede ser una ecuación más grande?

—Ahh... más grande la... ¿la qué?

—¡Una ecuación, Ernesto, una ecuación! ¡Hace un mes que estamos dando ecuaciones, supongo que sabrás de qué se trata!


Ernesto mira el techo. Él no está seguro si “ecuación” es el nombre de una isla, de un triángulo o de un prócer, pero reconoce a la profesora como la profesora de matemáticas, así que suma uno más uno y se queda con la segunda opción.


—Sí, ... claro... Una ecuación es más grande cuando tiene mayor hipotenusa.


La profesora lo observa, incrédula. El aire se carga de silencio y electricidad.


Se escuchan algunas risitas disimuladas. Algunos, los escasos que tienen alguna idea del tema, miran a su vez a la profesora, esperando expectantes el estallido que traerá emoción a la rutina. Al fondo del aula, tres jovencitos abandonan su disputa sobre fútbol, anoticiados de que “algo pasa”. La parejita que se sienta al lado de la última ventana, no. Ellos no se enteran de que la tercera guerra mundial se apresta a iniciarse allí mismo, al lado de su fervorosa reconciliación de ocultas caricias. Juana, feliz de haber dejado de ser el centro de atención, vuelve a su ocupación habitual: a escondidas, enviar mensajes por el celular a alguno de sus noviecitos. Es una tarea difícil: exige concentración para no equivocarse de destinatario; por eso le desagrada que los profesores la interrumpan durante la clase.

Ernesto, en cambio, epicentro de la furia creciente de la profesora, se agita incómodo en su silla. A él no le interesa siquiera un rabanito las tan mentadas ecuaciones. Pero no le gusta que las dos rubiecitas de atrás —que se creen tan sabihondas— se burlen a sus espaldas, ¡como si responder correctamente al profesor fuese importante! Bueno, las dos rubiecitas, como gustarle, le gustan bastante y más vale mucho, pero ellas no le prestan el tipo de atención que él desea. Piensa en “ese” tipo de atención y se pone un poco más nervioso. Muy nervioso. La silla, ahora, más que resultar incómoda, empieza a calentarse como el infierno.

La profesora, ignorante de todo, devota creyente de que para sus estudiantes la primavera es sólo la estación del año donde los árboles echan hojas, reacciona finalmente y, en un arranque de furia incontrolable, lo baja a hondazos de las alturas imaginativas a las que él había trepado:


—¡Cómo hipotenusa! ¿De dónde hipotenusa? ¡Hay que ser ignorante, Ernesto, no sé cómo llegaste hasta aquí! ¡Un niño de primaria sabe más que vos!


Ernesto, expulsado del paraíso, amedrentado por el griterío y la cara roja y sudorosa de su profesora, alcanza a susurrar con voz lastimera:


—No, me equivoqué, profesora, quise decir catetos.


Al día siguiente la profe pidió licencia. Dijo que estaba enferma, o que no nos quería ver más en su vida, o algo así, no me acuerdo. No importa, el nuevo profesor de matemáticas es excelente. Explica muy claro, le entendemos todo. Ahora nos está enseñando números compasivos. No, compactos. No, no, complejos. Eso, números complejos. Me confundí. Pero igual está bueno. Digo, el profesor de matemáticas está bueno. El único en esta escuela piojosa. ¡Se parece a George Clooney y todo, con esos ojos preciosos! Cuando te mira...bueno... te corre un frío... y ni te cuento cuando escribe en el pizarrón, de atrás está tan bueno como de adelante. Los muchachos dicen que es estúpido y gay, pero eso es porque están celosos.