Necesidad y azar

20/07/08

Los consejos del Viejo Vizcacha - José Hernández

(756)
Me parece que lo veo
con su poncho calamaco,
despues de echar un güen taco,
ansí principiaba a hablar:
"Jamás llegues a parar
ande veas perros flacos."
(757)
"El primer cuidao del hombre
es defender el pellejo.
Lleváte de mi consejo,
fijáte bien en lo que hablo:
el diablo sabe por diablo,
pero más sabe por viejo."
(758)
"Hacéte amigo del Juez;
no le des de que quejarse;
y cuando quiera enojarse
vos te debés encoger,
pues siempre es güeno tener
palenque ande ir a rascarse."
(759)
"Nunca le llevés la contra,
porque él manda la gavilla:
allí sentao en su silla,
ningún güey le sale bravo;
a uno le da con el clavo
y a otro con la cantramilla."
(760)
"El hombre, hasta el más soberbio,
con más espinas que un tala,
aflueja andando en la mala
y es blando como manteca:
hasta la hacienda baguala
cai al jagüel con la seca."
(761)
"No andés cambiando de cueva;
hacé las que hace el ratón.
Conserváte en el rincón
en que empezó tu esistencia:
vaca que cambia querencia
se atrasa en la parición."
(762)
Y menudiando los tragos
aquel viejo, como cerro,
"No olvidés", me decía,"Fierro,
que el hombre no debe creer
en lágrimas de mujer
ni en la renguera del perro."
(763)
"No te debes afligir
aunque el mundo se desplome.
Lo que más precisa el hombre
tener, según yo discurro,
es la memoria del burro,
que nunca olvida ande come.

José Hernández (1834 – 1886)

El extracto anterior corresponde a “La vuelta del Martín Fierro” (1879), capítulo XV

13/06/08

Días de messenger

JM dice:
¿Estás ahí?
Shu dice:
Sí, sí.
JM dice:
Te estuve esperando toda la tarde, mi querida, toda la tarde.
Shu dice:
Es que no pude escaparme antes, no sabés el lío que es mi casa, con tantos niños, ¡me moría de ganas de verte, yo también!
JM dice:
Mmm..., me encanta que me digas eso..., me hace pensar en que... ¿Sabés cuánto te quiero?
Shu dice:
Ehh... no, no lo sé...
JM dice:
¿No lo sabes?... ¿Tengo que decírtelo de nuevo?
Shu dice:
Sí, sí. Hace un montón que no te lo escucho...
JM dice:
Te quiero, te quiero, te quiero. ¿Más?
Shu dice:
Más.
JM dice:
No.
Shu dice:
¿No?
JM dice:
No. Te lo diré cuando nos veamos. Cuando nos veamos de verdad. Te lo diré mientras te desnudo. Te diré que te quiero y te extenderé en la cama y te diré que te quiero y te desnudaré despacio, muy despacio
Shu dice:
Despacio, sí, como me gusta que lo hagas
Shu aparece como no conectado
.....
.....
JM dice:
¡Mierda! ¿Qué pasó ahora?
.....
.....
Shu dice:
Los tíos querían despedirse. No me quedó otra que bajar, no podía...
JM dice:
No aguanto más. Me vuelvo loco, quiero acostarme con vos y no puedo, quiero verte y siempre es con gente alrededor, te espero durante horas para que te conectes y esto es lo que pasa, te tenés que ir de golpe y...
Shu dice:
Mi amor, por favor, no te pongas así, debo irme, Joaqui, sabés, hay que cantarle el feliz cumpleaños, no puedo ¡te quiero! pero besos besos besos

Shu aparece como no conectado

JM dice:
Besos.


El cansancio le cayó encima, así de golpe, justo en el instante de cerrar la puerta detrás del último niño y los últimos padres. Miró a a su alrededor, a los despojos de la fiesta, los manteles salpicados de restos de sandwich y pedazos de torta, el piso pegoteado de gaseosa. Un par de globos, de pura casualidad todavía intactos, le sonreían atados al ventanal. Los observó con un dejo de curiosidad. ¿Por qué había comprado globos tan absurdos? No sé -se dijo a sí misma- y tampoco importa. Quiso subir al escritorio, prender la computadora, ver si aún estaba conectado. Imposible. Lo escuchó a Joaqui, jugando todavía con Mario, ¿con la pelota nueva en el living? Prefirió no saberlo. Despacio, comenzó a juntar vasos de papel y sorpresitas olvidadas, despacio, muy despacio. Joaqui no cenaría, por supuesto, tanto jugar... el sueño lo vencería temprano. Se agachó a levantar un envase vacío, caído debajo de la mesa. Recordó la vez que Joaqui se quedó dormido debajo de otra mesa, en la casa de los suegros, mientras la familia gritaba sus interminables discusiones políticas de sobremesa. La ternura le iluminó la mirada, y se quedó allí, en el caótico fin de fiesta, desdibujada por las primeras sombras que entraban por la ventana, y sin saber que Mario, recostado en el marco de la puerta, la observaba. Amándola en ese instante como en todos los otros, aún en aquellos en los que el peso de la culpa la aplastaba, también en esos en que ella –y él lo sabía– se ruborizaba frente a la pantalla de la computadora, dolorosamente transparente en la impaciencia con la que sus manos volaban en el teclado.

13/05/08

Estudiando de noche

Junio de 1973

Estudió hasta el amanecer, encorvado sobre los libros, memorizando frases y ecuaciones, a veces desandando el camino para encontrar el sentido que se le había escapado una página atrás. Durante largas horas se había mantenido a café, mientras traducía los escritos en imágenes asequibles por su cansada mente, a lo último ya descifrando las letras con ayuda de una lupa. Ahora, en el ritual final de sus noches de estudio, cerró los libros y el cuaderno de anotaciones, colocó el capuchón a la lapicera y se estiró hacia atrás en la butaca, dejando que lo aprendido fluyera entre sinapsis y nervios, decantara entre conscientes y subconscientes.

Luego se levantó, abrió el ventanal del balcón y se quedó allí, justo en la interface entre el aire pesado de la habitación calefaccionada y el viento frío del invierno. Afuera crecía una leve luminosidad por detrás del cemento y las neblinas. Observó con detenimiento los edificios de la vereda de enfrente. Casi todas las ventanas tapiadas, espacios aún oscuros y silenciosos, esa suerte de muerte nocturna de la ciudad. Lástima que abajo, en la calle, la ciudad no se muriera, puro estrépito y bocinazos y chirridos. Recordó otra vez los campos callados de su infancia, la soledad de humanidad, los cielos escandalosamente desmedidos.

¿Era ya la hora? No, se dijo a sí mismo, todavía no. Con lentitud cerró el ventanal y guardó sus cosas de estudiante. Un desayuno le levantaría el ánimo, café con leche y tostadas y manteca y dulce de leche, sin periódico y con la familia aún durmiendo. Luego habría que pensar en bañarse, la corbata, el saco, el maletín y la oficina. Agachando los hombros, agachando la cabeza, otro día más, otro infinito de rutina a prueba de fugas.

Julio de 1973

Durante un par de días la noticia estuvo en la primera página de los diarios de Capital. Un hombre de 42 años, empleado en una compañía de seguros, una familia común de clase media, una existencia aburridamente normal. Salvo que una mañana su esposa lo halló muerto, tirado sobre su escritorio y con la lapicera todavía en la mano.

Lo interesante de la historia no fue que se muriera, sino que nadie logró averiguar de qué. No había muerto ahorcado, decapitado, ahogado, quemado o sepultado por una avalancha. No se le encontró heridas, golpes o pinchazos. No se halló rastro alguno de sustancias extrañas en su organismo. Su historial médico era casi increíble de tan impecable. La autopsia no reveló que padeciera de trastorno alguno, no hablemos ya de un trastorno mortal. Sólo estaba muerto, y con una rara expresión de calma en su rostro, rara y persistente a decir verdad, porque se mantuvo pese a tanto manoseo del cadáver.

El misterio de la muerte sin motivo, así encabezó los titulares un pasquín de poca monta. Si estaba enfermo, ¿de qué? Si se había suicidado, ¿cómo lo había hecho? La esposa fue considerada sospechosa de asesinato, sí, pero tuvieron que dejarla libre de tales sospechas: si lo había asesinado, ¿cómo lo había logrado?

En el curso de la investigación apareció un detalle curioso: no se halló señal de los libros y cuadernos con los que se encerraba muchas noches. Ni siquiera un mísero papel que justificara que se muriera con una lapicera en la mano, y encima sin capuchón. Parece que el hombre quería progresar en la empresa: estaba siguiendo unos estudios universitarios en marketing. Lástima que la policía averiguó que no estaba inscripto en curso alguno en la universidad o en otra institución.

Los investigadores terminaron archivando el misterio de los libros esfumados de un curso que nunca existió, estudiados por un hombre que, de buenas a primeras, se murió sin hacerle caso a la medicina o al sentido común. La compañía de seguros se convenció de que no era demostrable suicidio o asesinato por los deudos, y que no le quedaba otra que pagar el seguro de vida. Como era sustancioso, la familia logró rescindir el contrato de alquiler del departamento y comprar uno en otro edificio y otro barrio.Todas las semanas iban al cementerio, a llevarle flores al difunto. Con el correr del tiempo, la viuda se volvió a casar, echó al suegro del departamento y dejó de visitar la tumba. Su nuevo marido se jugó a las patas de los caballos los ahorros conseguidos con la muerte del anterior, y ella terminó limpiando pisos por centavos la hora.

Julio de 1932

El viento corre a campo traviesa, glacial, desnudando el paisaje hasta los huesos. El rancho se agazapa contra una formación rocosa, única protección en kilómetros a la redonda. Bajo el alero, el hombre mira y toma mate, toma mate y se empapa en la lujuria del amanecer. Unos cuarenta años, forastero, aún no curtido por soles y aguaceros. En realidad, su piel parece tan suave como la de un recién nacido. Así comentaron en el poblado más cercano la primera vez que apareció, con una pesada bolsa con libros y papeles, pero falto de cacerolas, yerba, azúcar, harina y sal.

En ese inclemente invierno lo volvieron a ver otras veces, buscando madera y clavos para arreglar las ventanas, preguntando por la compra de animales de cría o en dónde herrar su caballo. No parecía persona afecta a hacer bromas, pero reía mucho y con alegría contagiosa, y solía contar historias interesantes, de las que se disfrutan al abrigo del frío y con una botella de vino tinto a mano. Pagaba sus gastos con prolijas reparaciones de carpintería; eso le parecía bien a los lugareños, porque aún faltaría un tiempito para que las ovejas le rindieran alguna ganancia. Como se dice, un buen hombre, de los que no se meten con nadie, de los que hacen su trabajo y en paz.

Eso sí, se notaba que era persona instruida, hablaba bien, con corrección, hasta sabía escribir. Y con tantos libros, cómo no. Ël decía que los libros eran un recuerdo de otra época, de la época en que fue estudiante. Los paisanos no son curiosos, y nadie le preguntó qué estudiaba. Ël tampoco lo dijo.

Se sabía que la Etelvina solía ir al rancho de vez en cuando, de seguro a calentar un poco la cama. Un día pasó por el poblado un cura viajero y, para que no vivieran en pecado, los casó, así, de camino, como quien dice. La Etelvina era mucho más joven que él, pero no una niña, y se apresuró a parirle hijos. Dos nacieron muertos y uno se descalabró la cabeza al caer del caballo. Sobrevivieron tres varones y una mujer; con los años hicieron lo que debían, se casaron y se fueron a buscar su lugar en el mundo. Salvo el menor. El menor se quedó, hombro con hombro con el padre, trasquilando ovejas, arreglando techos y corrales. A su debido tiempo llegaron la nuera y los nietos.

La historia grande fue pasando al costado del rancho, apenas dejando una radio para escuchar un ocasional noticiero. Las guerras y revoluciones parecían detenerse justito ahí, en la tranquera azotada por los vientos. El forastero ya tenía la piel curtida, las arrugas profundas y un insidioso reumatismo. Seguía sentándose cada amanecer y cada anochecer bajo el alero, ahora con su hijo, conversando en silencio y atendiendo a los cielos púrpuras, a las lluvias, a los soles y estrellas. Los vecinos solían caerse por el rancho, le traían cartas y papeles para que él se los leyera o se los escribiera. O simplemente venían a dar una mano en las épocas de mucho trabajo, o a un asadito, a una mateada con tortas fritas, a hablar de las cosas de las que vale la pena hablar.

Yo era un chico en esa época, y trabajaba allí por una cama, la comida, las alpargatas y poco más, que ya era mucho en aquellos años de miseria. Era un buen patroncito, y de sus consejos me he valido toda la vida. Aprendí de él a leer y a escribir. También a escuchar el amanecer, el viento, el silencio.

La Etelvina se le fue una tarde de polvo y nubes; según dicen, su corazón se declaró incapaz de latir. El patroncito anduvo unos días como perro sin dueño, olfateando el olor de ella por todos los rincones del rancho. Quizás su corazón también estaba gastado, porque menos de un mes después se quedó muerto al amanecer, con la pava y el mate, bajo el alero.

Un buen hombre que vivió una buena vida y supo cuándo irse, ése fue el epitafio de los paisanos. Lo enterramos al lado de la Etelvina, para que no estuviera solo. Ese día cerré por luto la escuelita del pueblo; al fin y al cabo el patroncito ayudó a construirla, sin contar que gracias a él tuve el coraje de estudiar para maestro.

Una semana después ví al hijo sacar del cobertizo una bolsa de tela, viejísima, oscura de tierra y telarañas. Cavó un pozo en el gallinero y allí quemó la bolsa. Me dijo que su padre se lo había pedido. Los libros estaban casi deshechos en polvo y ardieron bien y rápido. Alcancé a ver algunos renglones, ininteligibles, seguro escritos en otro idioma.

Si mal no recuerdo, fue por julio del 73, un invierno tan crudo como los de antes.

7/05/08

La física del tiempo (en Ciencia Hoy)

...Sin embargo, a pesar de que el uso de las metáforas es un valioso instrumento didáctico, ellas no nos revelan la naturaleza íntima de las cosas. En el mejor de los casos, sirven para familiarizarnos y acostumbrarnos a sobrevivir con la dificultad. En el peor de los casos, caemos en el error de identificar, sin matices, los conceptos claros de las metáforas con los conceptos oscuros que queremos aclarar. Este error es muy común cuando pensamos en el concepto de tiempo. Es casi inevitable apelar al movimiento constante e irreversible del agua en un río sereno como metáfora para el tiempo. ‘El tiempo fluye’, ‘¡Qué rápido pasa el tiempo!’, ‘El tiempo no vuelve’. Ahora bien, ¿desde dónde y hacia dónde fluye el tiempo? ¿A qué velocidad pasa el tiempo?; ¿a 60 minutos por hora? ¿Desde dónde no vuelve? Esta metáfora no sirve porque contiene la falacia lógica de la circularidad: no podemos explicar al tiempo porque el movimiento del agua en el río es el cambio de posición respecto del tiempo, ¡que es lo que queremos explicar! De hecho, es extremadamente difícil pensar en el tiempo sin caer en este error de lógica. Otra metáfora confusa es asociarle al tiempo una existencia objetiva similar a la que le asignamos a los objetos materiales. Podemos ‘perder’ tiempo o ‘ganarlo’. ‘El tiempo es oro’. Pero, ¿dónde está guardado el tiempo que no se pierde? ¿Cuántos quilates pesa un segundo?...


Alberto Clemente de la Torre – Dto. de Física, FCEyN, UNMdP

En: Ciencia Hoy (2002) 12 (Nº 71): 30-37


http://www.cienciahoy.org.ar/ln/hoy71/fisica.htm

20/04/08

No entendí

—No entendí —dice Juana.

—¿Qué no entendiste?

—Nada.

—¿Cómo que nada? Llevo tres clases explicando ecuaciones de segundo grado... ¡Algo tendrás que haber comprendido del tema!

—No. Esto es muy difícil.

—¿Muy difícil...? A ver, el resto... ¿qué dicen? ¿Tampoco entendieron?

Silencio profundo.

—¡Pero será posible! Elenita... vos, sí... ¡vos! ¿Qué es una ecuación de segundo grado?

—Este... bueno... de segundo grado... bueno, es cuando es mayor que el primer grado, ¿no?

Elenita vacila y se queda mirando el pizarrón, con mirada ausente.

—¿Mayor...? ¿Qué es mayor? ¿Qué cosa es mayor?

—Bueno, es mayor la ecuación, es más grande, eso —contesta Elenita.

—¡Oh, más grande! ... Por favor, Ernesto, no sé qué estás haciendo, ¡pero dejá ya de hacerlo! ¿Me escuchás?

—Sí, profesora, la escucho. Pero no estoy haciendo nada.

Ernesto pone cara de pánfilo, o sea, cara apropiada a las circunstancias.

—Seguro. No estás haciendo nada. Bueno, entonces, ¡ponete a hacer algo ahora mismo! Contestame la pregunta. ¿Puede ser una ecuación más grande?

—Ahh... más grande la... ¿la qué?

—¡Una ecuación, Ernesto, una ecuación! ¡Hace un mes que estamos dando ecuaciones, supongo que sabrás de qué se trata!

Ernesto mira el techo. Él no está seguro si “ecuación” es el nombre de una isla, de un triángulo o de un prócer, pero reconoce a la profesora como la profesora de matemáticas, así que suma uno más uno y se queda con la segunda opción.

—Sí, ... claro... Una ecuación es más grande cuando tiene mayor hipotenusa.

La profesora lo observa, incrédula. El aire se carga de silencio y electricidad.

Se escuchan algunas risitas disimuladas. Algunos, los escasos que tienen alguna idea del tema, miran a su vez a la profesora, esperando expectantes el estallido que traerá emoción a la rutina. Al fondo del aula, tres jovencitos abandonan su disputa sobre fútbol, anoticiados de que “algo pasa”. La pareja que se sienta al lado de la última ventana, no. Ellos no se enteran de que la tercera guerra mundial se apresta a iniciarse allí mismo, al lado de su fervorosa reconciliación de ocultas caricias. Juana, feliz de haber dejado de ser el centro de atención, vuelve a su ocupación habitual: a escondidas, enviar mensajes por el celular a alguno de sus noviecitos. Es una tarea difícil: exige concentración para no equivocarse de destinatario; por eso le desagrada que los profesores la interrumpan durante la clase.

Ernesto, en cambio, epicentro de la furia creciente de la profesora, se agita incómodo en su silla. A él no le interesa siquiera un rabanito las tan mentadas ecuaciones. Pero no le gusta que las dos rubiecitas de atrás —que se creen tan sabihondas— se burlen a sus espaldas, ¡como si responder correctamente al profesor fuese importante! Bueno, las dos rubiecitas, como gustarle, le gustan bastante y más vale mucho, pero ellas no le prestan el tipo de atención que él desea. Piensa en “ese” tipo de atención y se pone un poco más nervioso. Muy nervioso. La silla, ahora, más que resultar incómoda, empieza a calentarse como el infierno.

La profesora, ignorante de todo, devota creyente de que para sus estudiantes la primavera es sólo la estación del año donde los árboles echan hojas, reacciona finalmente y, en un arranque de furia incontrolable, lo baja a hondazos de las alturas imaginativas a las que él había trepado:

—¡Cómo hipotenusa! ¿De dónde hipotenusa? ¡Hay que ser ignorante, Ernesto, no sé cómo llegaste hasta aquí! ¡Un niño de primaria sabe más que vos!

Ernesto, expulsado del paraíso, amedrentado por el griterío y la cara roja y sudorosa de su profesora, alcanza a susurrar con voz lastimera:

—No, me equivoqué, profesora, quise decir catetos.

Al día siguiente la profe pidió licencia. Dijo que estaba enferma, o que no nos quería ver más en su vida, o algo así, no me acuerdo. No importa, el nuevo profesor de matemáticas es excelente. Explica muy claro, le entendemos todo. Ahora nos está enseñando números compasivos. No, compactos. No, no, complejos. Eso, números complejos. Me confundí. Pero igual está bueno. Digo, el profesor de matemáticas está bueno. El único en esta escuela piojosa. ¡Se parece a George Clooney y todo, con esos ojos preciosos! Cuando te mira...bueno... te corre un frío... y ni te cuento cuando escribe en el pizarrón, de atrás está tan bueno como de adelante. Los muchachos dicen que es estúpido y gay, pero eso es porque están celosos.

5/04/08

Edipo (César Bruto)

César Bruto es el otro yo del humorista argentino Carlos Warnes (1905-1984); César Bruto colaboró con “Cascabel” y la mítica “Rico Tipo”, escribió durante una década los guiones para el programa de Tato Bores, publicó varios libros y a él refiere el prólogo de “Rayuela”. Trabajó en estrecha colaboración con el dibujante Oski (Oscar Conti, 1914-1979), hasta el punto que hoy, es hasta difícil separar a ambos... http://www.lanacion.com.ar/archivo/nota.asp?nota_id=211593&origen=acumulado&acumulado_id=

Edipo

Inventor del complejo de...

Cuando siento que alguien se queja porque gana poco sueldo y aumentan los presios, o porque se queda sin trabajo y lo van a desalojar, enseguida se me ocurre consolarlo, disiendole:

-Mientras no le pase lo que le paso a edipO, puede considerarse dichoso.

Y enseguida le cuento la siguiente historia, tal cual la conto un autor antiguo llamado sofocleS...

Al naser, edipO vino al mundO con una curiosa trajedia griega ordenada por los dioseS: tenia que matar a su padre y casarse con su madre. ?Que te parese? Durante muchos anios, el muchacho vibio con un matrimonio de otro paix, creyendo que era hijo de ellos, pero cuando supo que tenia que matar a su padre resolvio escaparse para no cometer el crimen... !Es desir, fue a parar presisamente a su patria, ques adonde vibian sus padres lejitimos!

Cuando iba por el camino se peleo con un caballerO y le ronpio mortalmente la cabesa; despues siguio lo mas canpante y llego a lantigua siuda de tebaS, siuda questaba dominada por la efinjE, o sea un mostruO con alas de pajaro, cara y pechos de mugeR y el resto de leoN... (Esas eran bestias y no las que se ven haora!) Resulta que la efinjE proponia asertijos y adi-

vinansas, y el que no asertaba moria, y cuando el edipO se aserco para intervenir en aquella audision de preguntas y respuestas, la efinjE le pregunto: "?Cual es el bicho que camina primero con 4 patas, despues con 2 patas y a la final en 3 patas?" Entonses el edipO penso durante 30 segundos, y despues contesto:

-Ese bicho es el honbre, que cuando es chico camina en 4 patas, despues anda en 2, y cuando es viejo usa baston, o sea la tersera pata...

Al ser derrotada, la efinjE se murio de rabia y el edipO gano el premio ofresido al ganador: !casarse con la reina, que habia enviudado resientemente! ?Se dan cuenta como se viene preparando el bodrio?

Se caso el edipO, tuvo 4 hijos (2 machitos y 2 chancletas), y todo anduvo tranquilo y felis hasta que un dia se descubrio la trajedia: !edipO sentero de quel caballero que mato en el camino era su padre, que la reina viuda era su madre y que el venia a ser padre y hermano de sus hijos al mismo tienpo! Entonses, la reina tanbien sufrio una conmosion violenta y se

haorco en el palasiO; el edipO se pincho anbos ojos y salio a pedir limosna; los hijos se pelearon por el trono bacantE; las 2 hijas fueron desgrasiadas hasta desir basta, y la cosa termino con la muerte de todos, no quedando ni uno solo de la familia edipO para creser y multiplicarse como corresponde...

!Esas son desgrasias para lamentar, y no el conplejo de andarse quejando porque sube la carne, sube el pan, sube la leche y suben los hueboS! !Mientras uno no mate al padre ni se case con su vieja, puede desir que todo marcha sobre rieles, y viba la pepA!

(En: “brutaS biografiaS de bolsillO”, de cesaR brutO)

http://argentina.informatik.uni-muenchen.de/bruto/index.html#00002

17/03/08

Circunstancias

Íbamos a salir para San Luis, a eso de las cinco de la mañana. No es fácil organizar un viaje, porque entre los tres sueldos no nos queda mucho para hacer turismo. Antes -digo, antes de los niños- sí viajábamos mucho, en carpa o nos quedábamos en casa de amigos. Y nosotros somos gasoleros, playa y río y sierra y comer barato... No nos gusta el Casino, y el cine o el teatro, poco. Luego llegaron los hijos; con la devaluación y la caída salarial tuve que tomar dos turnos en la escuela; mi marido consiguió retener su trabajo, no lo despidieron como a muchos, pero hace cuatro años que no percibe un aumento. Usted ya sabe, en el supermercado los precios suben cada semana; el costo de la construcción se fue a las nubes y tuvimos que ampliar la casita, una habitación y un baño más, sin contar las rejas de protección. A mí, salir en carpa con niños no me gusta, y tampoco es cosa de aparecer en la casa de un amigo con tanta familia, ¿no le parece? Así que ahora rara vez puedo viajar. Con lo que me agrada dejar atrás la rutina, cambiar de aires, conocer otra gente, olvidarme por unos días de los problemas.

Pero no crea, oficial, que me estoy quejando... ¡No, no! Como le dije, soy maestra, acá, en la escuela frente a la villa. Mañana y tarde. La escuela es como su Comisaría, sólo que no tiene calabozos. Usted y yo, los dos sabemos de la violencia, de la miseria. La pancita vacía, en el invierno tanto frío y vienen con la pancita vacía. Les damos la leche, el almuerzo, eso sí lo podemos hacer, hay un comedor en la escuela. Pero lo otro, la mirada ... ¡Ah!... Qué difícil es, oficial, qué difícil. Diez años, y ya quebrado el futuro. Una no se acostumbra, todos los días me digo: “¿cuándo te vas a dar cuenta de que la culpa no es tuya?” Pero no hay caso. Así que no me quejo, hace dos años que no salimos de vacaciones pero mis niños comen bien, tienen ropa, una buena educación, la computadora, no les falta nada. Y no importa cuan cansados lleguemos de trabajar, siempre tenemos tiempo para ellos; la familia está, se lo aseguro, a mis niños los padres no les faltan, como les sucede a los pobrecitos de la villa.

Bueno, creo que me fui del tema, pero es para que usted comprenda, ¿sabe?

Habíamos logrado que los niños se durmieran, las valijas estaban ya en el baúl de la camioneta, yo limpiaba la heladera, en fin, todo eso, cuando a mi marido se le ocurre encender el televisor. Entonces nos enteramos de que las estaciones de servicio iniciaban una huelga a medianoche. Nos dio un ataque, nosotros con el tanque de la camioneta medio vacío y partiendo a las cinco de la madrugada. Culpa de mi marido, oficial, le dije: “andá temprano a cargar nafta, luego entrás la camioneta al garage, ponemos las valijas arriba y nos vamos a dormir tranquilos”. Pero no, que más tarde, que mejor primero me baño. Me enojé bastante, él siempre tan tranquilo, tan dejado, y después vienen los problemas.

Así que salió como alma que lleva el diablo. Cerca de medianoche me llamó por el celular: por fin había logrado cargar el tanque, no sé cuántas estaciones de servicio recorrió, las colas que tuvo que hacer... Creo que era ya muy tarde, él estaba cansado, con sueño, si no no me explico cómo cometió el error de detenerse ante un semáforo en rojo ¿Qué? ¡Por favor, oficial! ¡Usted sabe que si a esa hora uno frena por el semáforo, lo asaltan seguro! Y fue lo que sucedió. Lo desvalijaron, hasta el celular se llevaron. Pero tuvo suerte, lo golpearon poco y le dejaron la camioneta, quizás porque es tan vieja que ni a los chorros les interesa.

Y yo en casa, intranquila; él no volvía, lo llamé al celular y sonaba, sonaba, con los chicos durmiendo y sola en la casa, sin saber qué sucedía allá afuera y el dolor de cabeza, ese dolor... ¿a usted le pasa...? Uno se vuelve loco, en la escuela es terrible, los chicos que gritan y se pelean y ... bueno, está bien, no importa, a usted no le importa.

(qué le puede importar, a quién le importa, un exorcista para el dolor, una guillotina por lo menos, qué le puede importar a usted la cabeza que estalla que me estalla)

Cuando llegó y me contó que lo habían asaltado y con la cortada en el cuero cabelludo, me desesperé, oficial. Todavía le salía sangre y le robaron la tarjeta de crédito y las valijas con toda la ropa adentro; ya no más San Luis y qué estaba haciendo yo, de madrugada y con la heladera desenchufada y vacía y sin viajar y tener que lavar la camisa veteada de sangre. Fue entonces cuando el menor se levantó de la cama. Se debió asustar por mis gritos y por la sangre y porque me veía desesperada. Lloraba y lloraba, se agarró a mis pantalones y seguía llorando, la cara encendida y roja, y bueno, fue entonces. Fue entonces. No sé qué pasó, oficial. Tanto nervio, la angustia, poco que duermo, no sé por qué le pegué tan fuerte, no les pego casi nunca a los chicos, y siempre despacito, se lo aseguro, pregúntele a mi marido, a mi suegra, a los vecinos, pregunte,

(que se calle por favor, que se calle, dejá de llorar, no te metas en el medio, no puedo la gasa el alcohol vos en el medio basta de lágrimas cómo me duele la cabeza correte andate a la cama ya no viajamos no me tires de la camisa basta de gritar... ¡no por favor! ¡No grites más!)

y así pasó, oficial, fue así,

(por favor chiquito no te calles, hablame, llorá por favor el silencio no los ojos cerrados no el silencio es terrible las lágrimas por favor quiero escucharte aunque sea escucharte llorar)

yo no quería, fue un accidente, si a mis niños los cuido siempre y muy bien, ellos no son como los de la villa, no es mi culpa, cayó contra la mesa, eso es un accidente, ¿no es así?, siempre golpearse contra la mesa es un accidente, a mí también me pasó de chica y nadie hizo un escándalo por eso,

(quedate con mamá, por favor, quedate con mamá, mamá te cuida siempre te cuidará no le hagas caso a mamá cuando se enoja se le pasa a mamá el enojo se le pasa)

El oficial apenas alcanzó a escuchar al médico de guardia, “tendrá que quedar en observación 24 horas, pero creo que irá todo bien”, cuando tuvo que apresurarse a sostenerla, derrumbada en la silla, cayéndose al piso, resbalándose por el plástico del asiento, compasivamente llegando a la inconsciencia.

El otro niño, aferrado al brazo del padre, la miraba. El padre también la miraba.






12/02/08

El Péndulo de Foucault (fragmento)

Umberto Eco


Pues bien. En el mundo están los cretinos, los imbéciles, los estúpidos y los locos.

--¿Falta algo?

--Sí. Nosotros dos, por ejemplo. O, al menos, no es por ofender, yo.

En suma todo el mundo, si se mira bien, participa de alguna de esas categorías. Cada uno de nosotros de vez en cuando es un cretino, un imbécil, un estúpido o un loco. Digamos que la persona normal es la que combina razonablemente todos esos componentes o tipos ideales.

--Idealtypen.

--Bravo. ¿También sabe alemán?

--Algo masco para las bibliografías.

--En mi época, quienes sabían alemán ya no se licenciaban. Se pasaban el resto de su vida sabiendo alemán. Creo que hoy en día sucede lo mismo con el chino.

--Yo lo conozco poco, por eso hago mi tesis. Pero, siga hablándome de su tipología. ¿Cómo es el genio, Einstein, por ejemplo?

--El genio es el que pone en juego uno de esos componentes de manera vertiginosa, alimentándolo con los demás. --Bebió. Dijo--: Hola, guapetona. ¿Cómo siguen tus intentos de suicidio?

--Pertenecen al pasado --respondió la joven al pasar--, ahora estoy en un grupo.

--Te felicito --le dijo Belbo. Y volviéndose hacia mí--: También existen los suicidios en grupo, ¿verdad?

--Pero, ¿y los locos?

--Espero que no se haya tomado mi teoría como palabra santa. No pretendo arreglar el universo. Estoy diciendo qué es un loco para una editorial. Es una teoría ad hoc, ¿vale?

--Vale. Ahora invito yo.

--Vale. Pílades, por favor, con menos hielo. Si no, hace efecto en seguida. Veamos. El cretino ni siquiera habla, babea, es espástico. Se aplasta el helado contra la frente, no puede ni coordinar los movimientos. Entra en la puerta giratoria por el lado opuesto.

--¿Cómo es posible?

--El lo consigue. Por eso es un cretino. No nos interesa, se le reconoce en seguida, y no aparece por las editoriales. Dejémosle donde está.

--Dejémosle.

--Ser imbécil ya es más complicado. Es un comportamiento social. El imbécil es el que habla siempre fuera del vaso.

--¿A qué se refiere?

--Así --apunto el índice hacia su vaso y lo clavó en la barra--. Quiere hablar de lo que hay en el vaso, pero, esto por aquí, esto por allá, habla fuera. O si prefiere, es el que siempre mete la pata, el que le pregunta cómo está su bella esposa al individuo que acaba de ser abandonado por la mujer. ¿Me explico?

--Se explica, conozco a algunos.

--El imbécil está muy solicitado, sobre todo en las reuniones mundanas. Incomoda a todos, pero les proporciona temas de conversación. En su versión positiva llega a ser diplomático. Habla fuera del vaso cuando otros han metido la pata, consigue cambiar de tema Pero a nosotros no nos interesa, no es nunca creativo, trabaja de prestado, de manera que no presenta manuscritos en las editoriales. El imbécil no dice que el gato ladra, habla del gato cuando los demás hablan del perro. Confunde las reglas de conversación, y cuando las confunde bien es sublime. Creo que es una raza en extinción, un portador de virtudes eminentemente burguesas. Necesita un salón Verdurin, o mejor, Guermantes. ¿Todavía leéis esas cosas, vosotros los estudiantes?

--Yo si.

--El imbécil es Murat que pasa revista a sus oficiales y cuando ve a uno, de la Martinica, recubierto de condecoraciones, va y le pregunta: “Vous etes negre?” Y el otro responde: “Oui mon genéral!”, Murat replica: “Bravo, bravo, continuez!” Y cosas por el estilo. ¿Lo capta? Perdone, pero esta noche estoy festejando una decisión histórica de mi vida. He dejado de beber. ¿Quiere otro? No diga nada, me haría sentir culpable. ¡Pílades!

--¿Y el estúpido?

--Ah. El estúpido no se equivoca de comportamiento. Se equivoca de razonamiento. Es el que dice que todos los perros son animales domésticos y todos los perros ladran, pero que también los gatos son animales domésticos y por tanto ladran. O que todos los atenienses son mortales, todos los habitantes del Pireo son mortales, de modo que todos los habitantes del Pireo son atenienses.

--Y lo son.

--Si, pero de pura casualidad. El estúpido incluso puede decir algo correcto, pero por razones equivocadas.

--Se pueden decir cosas equivocadas, con tal de que las razones sean correctas.

--Vive Dios. ¿Si no por qué tomarse tanto trabajo para ser animales racionales?

--Todos los grandes monos antropomorfos descienden de formas de vida inferiores, los hombres descienden de formas de vida inferiores, por tanto todos los hombres son grandes monos antropomorfos.

--No está mal. Ya estamos en el umbral en el que sospechamos que algo no funciona, pero es necesario un esfuerzo para demostrar qué es lo que no cuadra y por qué. El estúpido es muy insidioso. Al imbécil se le reconoce en seguida (y al cretino ni qué decir), mientras que el estúpido razona casi como uno, sólo que con una desviación infinitesimal. Es un maestro del paralogismo. No hay salvación para el redactor editorial, debería emplear una eternidad. Se publican muchos libros escritos por estúpidos, porque a primera vista son muy convincentes. El redactor editorial no está obligado a reconocer al estúpido. No lo hace la academia de ciencias, ¿por qué tendría que hacerlo él?

--Tampoco lo hace la filosofía. El argumento ontológico de San Anselmo es estúpido. Dios tiene que existir porque puedo pensarlo como el ser dotado de todas las perfecciones, incluida la existencia. Confunde la existencia en el pensamiento con la existencia en la realidad.

--Si, pero también es estúpida la refutación de Gaunilo. Puedo pensar en una isla en el mar aunque esa isla no exista. Confunde el pensamiento de lo contingente con el pensamiento de lo necesario.

--Una batalla entre estúpidos.

--Claro, y Dios se divierte como un loco. Decidió ser impensable sólo para demostrar que Anselmo y Gaunilo eran estúpidos. Qué motivo más sublime para la creación, qué me digo, para el acto mismo en virtud del cual Dios determina su propio ser. Todo para poder denunciar la estupidez cósmica.

--Estamos rodeados de estúpidos.

--No hay salida. Todos son estúpidos, salvo usted y yo. Mejor dicho, no es por ofender, salvo usted.

--Algo me dice que esto tiene que ver con el teorema de Godel.

--No sé nada, soy un cretino. ¡Pílades!

--Me toca a mi.

--Después dividimos. El cretense Epiménides dice que todos los cretenses son mentirosos. Si lo dice él que es cretense y conoce bien a los cretenses, es cierto.

--Eso es estúpido.

--San Pablo. Epístola a Tito. Ahora esta otra: todos los que piensan que Epiménides es mentiroso tienen que creer a los cretenses, pero los cretenses no creen a los cretenses, por tanto ningún cretense piensa que Epiménides es mentiroso.

--¿Eso es estúpido o no?

--Decídalo usted mismo. Ya le he dicho que no es fácil reconocer al estúpido. Un estúpido puede llegar incluso a ganar el premio Nobel.

--Déjeme pensar... Algunos de los que no creen que Dios haya creado el mundo en siete días no son fundamentalistas, pero algunos fundamentalistas creen que Dios ha creado el mundo en siete días, por tanto nadie que no crea que Dios haya creado el mundo en siete días es fundamentalista. ¿Es o no estúpido?

--Dios mío; realmente hay que decirlo... no sé, ¿a usted qué le parece?

--Siempre es estúpido, aunque pueda resultar cierto. Viola una de las leyes del silogismo. De dos premisas particulares no pueden extraerse conclusiones universales.

--¿Y si el estúpido fuese usted?

--Estaría en buena y muy antigua compañía.

--Pues sí, la estupidez nos rodea. Y quizá para un sistema lógico diferente nuestra estupidez sea sabiduría. Toda la historia de la lógica es un intento por definir una noción aceptable de estupidez. Demasiado ambicioso. Todo gran pensador es el estúpido de otro.

--El pensamiento como forma coherente de estupidez.

--No. La estupidez de un pensamiento es la incoherencia de otro pensamiento.

--Profundo. Son las dos, falta poco para que Pílades cierre y aún no hemos llegado a los locos.

--Ya llego. Al loco se le reconoce en seguida. Es un estúpido que no conoce los subterfugios. El estúpido trata de demostrar su tesis, tiene una lógica, cojeante, pero lógica es. En cambio, el loco no se preocupa por tener una lógica, avanza por cortocircuitos. Para él, todo demuestra todo.

El loco tiene una idea fija, y todo lo que encuentra le sirve para confirmarla. Al loco se le reconoce porque se salta a la torera la obligación de probar lo que se dice; porque siempre está dispuesto a recibir revelaciones.

Y le parecerá extraño, tarde o temprano el loco saca a relucir a los templarios.

--¿Siempre?

--También hay locos sin templarios, pero los más insidiosos son aquellos. Al principio no se los reconoce, parece que hablan de manera normal, pero luego, de repente... --Iba a pedir otro whisky, pero recapacitó y pidió la cuenta--. A propósito de los templarios. El otro día un tío me dejó un original sobre ese tema. Seguro que es un loco, pero con rostro humano. El texto empieza sin estridencias. ¿Querría darle una ojeada?

--Con mucho gusto. Quizá encuentre algo que me sirva.

--Realmente, no lo creo. Pero si dispone de media hora pásese por la editorial. Vía Sincero Renato número uno. Será más útil para mí que para usted. Así me dice en seguida si el texto vale la pena.

--¿Por qué confía en mi?

--¿Quién dice que confío? Si viene confiaré. Confio en la curiosidad.

Entró un estudiante con el rostro alterado:

--¡Compañeros, los fachas están en el Naviglio, tienen cadenas!

--Les parto la cara --dijo el de los bigotes a la tártara, el que me había amenazado cuando lo de Lenin--. ¡Vamos compañeros!

Todos salieron.

--¿Qué hacemos? ¿Vamos también? --pregunté, movido por la culpa.

--No-- dijo Belbo--. Son alarmas que hace circular Pílades para despejar el local. Para ser la primera noche que dejo de beber, reconozco que estoy un poco alterado. Debe de ser la crisis de abstinencia. Todo lo que le he dicho hasta este instante es falso. Buenas noches, Casaubon.

23/01/08

Espejito, espejito

Amo los espejos. Todos. Los de agua, incluso. Hasta los que deforman, y te ves con esa sonrisa de máscara de horror o gorda como un globo hinchado. Me enamoré de ellos cuando niña: “Espejito, espejito, ¿quién es la más bella del Reino?” “Tú, mi Reina”. ¡Pobre Reina! El espejo la traicionó, él, su más íntimo confidente, su amante más apasionado... Mira que elegir a Blancanieves... ¿Blancanieves? ¿Quién puede considerar bella a esa jovencita pálida y fría? ¡Una imbécil y qué imbécil!... La engañaron con una manzana envenenada...

En fin, ya desde chiquita me enamoré de los espejos. Yo, la Reina. Yo, la más bella de todas. Eso es lo que siempre me decía mi papá. Pero él, como el espejito, también me traicionó. Un día descubrí que la quería más a mamá que a mí, que prefería mirarse en ella, reflejarse en ella, antes que en mí. No, no les voy a contar cómo lo supe, pero créanme, fue horrible. Mi primer espejo roto, como se dice. Quise irme de la casa, lo más lejos posible, pero —pensé— no debo huir como huyó Bancanieves, porque yo soy la Reina.

Como todos saben cuánto me gustan, siempre me regalan espejos en mi cumpleaños, para Navidad o el día de Reyes. En mi habitación hay muchísimos, algunos pequeñitos y otros enormes. Hasta debajo de la cama. Mi reflejo me mira desde todos los ángulos: el reflejo del reflejo de espejos reflejándose entre sí. Me gusta. Rodeada de mí. A veces, tarde en la noche, apago todas las luces y enciendo una linterna. Hago bailar el haz en el aire, entre las superficies y yo, y me invento historias a medida que se van descubriendo muchas mí, todas las mí, apareciendo y desapareciendo, con ojos extraños, con bocas sin dientes o dientes sin boca. Así es como empecé a escribir cuentos. Mis amigos dicen que son buenos cuentos; quizás, luego de terminar la escuela, me dedico a escribir. No sé. Por el momento no puedo, tengo que estudiar. A mi novio también le gustan los espejos. Sino, no saldría con él; odio hacer el amor si no hay espejos donde mirarme. Mi novio cree que es excitante, pero él no sabe apreciar cuánto. Yo sí. El espejo me refleja y yo reflejo al espejo y entonces ambos somos yo y ambos somos la imagen de yo. ¿Qué más se puede pedir?

A mi padre le tengo prohibido entrar en mi habitación; él no me comprende, no comprende la cualidad de los reflejos, la necesidad de los reflejos. Mi madre no puede decirme nada; me cuidé de que la enterraran con un espejito en las manos. Para que pueda verse, cuando los gusanos hicieran su tarea. Como se vio en el momento justo en que.... Me sonrío con delicia cada vez que recuerdo... A veces, también hay que romper algún reflejo.

10/01/08

De felinos y poemas

Tenía trece años, un mes y diez días cuando se le partió el corazón en dos pedazos.

Fue al salir de la escuela, un mediodía frío, luminoso y celeste, uno de esos mediodías celestes tan raros en invierno y tan imposibles en cualquier otra estación del año. Se tardó unos minutos en la puerta, acordando con sus amigas a qué hora ir a la biblioteca, por el trabajo de geografía. Luego se acomodó la bufanda y comenzó a caminar rápido, sacándose de encima la escuela, perdiendo el olor de la escuela en la leve brisa, olvidando el polvo de la escuela en la vereda de baldosas rojas.

Recién al dar la vuelta a la esquina Elena miró hacia la vereda de enfrente. Él estaba apoyado contra el fresno de la verdulería, con esa extraña cualidad de reposo del felino que, aún relajado, está preparado para saltar sobre su presa. Sonreía y hablaba. La bicicleta del muchacho (azul y amarilla) estaba tirada en el piso, descuidadamente, como un objeto sin importancia. El vaquero desteñido, las zapatillas rojas con los cordones mal anudados, una apoyada suavemente contra el tronco. La chiquilina (estúpida) movía la cabeza negando y agitando su melena de miel (de paja), reía (zorra), la brisa movía la faldita tableada de escuela privada (zorra, zorra) y ella reía (zorra, zorra, zorra).

Entonces, a Elena se le partió el corazón en dos pedazos.

De él, sólo tenía algunas breves charlas, un par de cumpleaños en los que coincidieron y él le dedicó miradas distraídas. Lo que más tenía era un puñado de risas y charlas femeninas, horas de inconexos diálogos sin más objeto que decir su nombre, escuchar su nombre. Lo acabo de ver pasar por la plaza, a las cinco lo ví con la raqueta entrando al club, ¿viste qué bien le queda la campera nueva?, y entonces me dijo: “hola, qué tal”.

Elena está observando su derrota, allí, a la sombra del fresno, y su derrota es tan contundente que ni siquiera puede gritar, enojarse, cruzar la calle y cazar al tigre con una flecha incendiaria justo en el corazón. Porque él a duras penas sabe que Elena existe, y eso la desarma de todos los arcos y fusiles del mundo.

Sólo pudo continuar su camino, con los pedacitos de corazón latiendo sin compás ni armonía, las lágrimas que caen, las manos apretadas en la impotencia de ningún arma, ningún grito, ninguna esperanza.

No se sintió con fuerzas para soportar el almuerzo familiar, las explicaciones, para desnudar su mísero fracaso de amor infantil. Pretextó dolor de cabeza... ¡ese examen de matemáticas! Subió a su habitación, se desvistió y se puso el camisón sólo para evitar la cháchara de su madre, que si por ella fuese se tiraría en la cama así nomás, bufanda y zapatillas y libros gastados. Bajo la manta, la cabeza escondida bajo la manta, lloró su corazón roto hasta quedarse dormida.

En algún momento de esa tarde interminable de té con limón, de “pero no tenés fiebre”, “si seguís así llamo al médico”, “nene, andá a otro lado, no hagas ruido, ¿no ves que tu hermana no se siente bien?”, “llamó María pero le dije que te dolía la cabeza y estabas durmiendo”... en algún momento de esa lenta tarde se hizo la noche; su padre apagó el televisor de la salita, cesaron los ruidos en el baño, y sólo ella quedó despierta en la casa, velando solitariamente sus pedacitos de corazón. Pero a medianoche su estómago joven gruñó sin piedad ni verguenza alguna. Elena se calzó las pantuflas, cargó sobre sí los ojos hinchados, los nudos del cabello revuelto, fue al baño, a la cocina; y sin ánimo de preparar aunque sea un sandwich, cortó un pedazo de tarta de verduras fría. El primer trozo le sentó bien; cortó otro y lo llevó a la salita. No es que pensara en encender el televisor, sólo que las luces blancas de la cocina lastimaban. Ya la segunda porción fue, ¿cómo decirlo?... le deshinchó un poquito los ojos. Distraídamente observó la biblioteca, ese objeto que parecía existir sólo para compartir la habitación con el televisor. La biblioteca que rodeaba al pasar, como una molestia, a la que no se acercaba nunca, por miedo a vaya a saber qué contaminaciones, qué enfermedades. Esa noche, junto con el tercer y último pedazo de tarta, una manzana y un vaso de gaseosa, se llevó a la cama un libro elegido al azar. Lo abrió al azar, también. Las oscuras golondrinas que ya no volverán, desengáñate, como te amé no te amarán.

A él, al que escribió el poema, también se le había roto el corazón en pedacitos. Lloró de nuevo, esta vez por ella y por él, por el que escribió el poema. Y eso la consoló un poquito, apenas un poquito, tanto como un poquito.

Al día siguiente se levantó temprano para ir a la escuela, como siempre. Ejecutó toda las rutinas y llegó puntual a la escuela, sólo que sus ojos estaban algo enrojecidos. Las amigas la acosaron a preguntas; está mal acosar a alguien con preguntas, ¿no es cierto? Sobre todo cuando el corazón se te ha partido. Pero en el recreo les contó. La cofradía se puso en movimiento, aprendices de guerreras en estas lides del amor. Dos se hicieron cargo de Elena -no te preocupes, es un idiota, ya te lo decía yo, además seguro que vos viste mal-, la otra empezó a buscar datos de la chiquilina (zorra), aquella propuso planes para seguirlo a él a sol y sombra.

Quizás tanto plan hubiera dado resultado, quién sabe, pero el caso es que Elena se olvidó de él dos semanas después, cuando en el supermercado contrataron a un joven repartidor de ojos dulcemente castaños y chispas en la sonrisa.


Los años pasaron. Elena ya ni recuerda el nombre de él, apenas su bicicleta azul y amarilla, tirada al lado de un fresno. Cuando de vez en cuando se encuentra con la pandilla de la escuela, a veces se pregunta qué habrá sido de él. ¡El corazón se le partió tantas veces desde aquel día! Siempre cree que no logrará arreglarlo, pero sí, se le arregla de nuevo, es algo que los corazones hacen solos, lo deben aprender en el útero materno. Por las dudas, por si es necesario ayudarlo a encajar arteria con arteria, vena con vena, célula con célula, ella sigue leyendo poesía. Bueno, también escribe poesía. A decir verdad, escribe mucho. Por cierto, está adquiriendo una sólida fama como joven promesa literaria. Sabe que ese día, a los trece años, un mes y diez días, el jovencito de la bicicleta azul y amarilla echó a rodar pequeñas casualidades enredadas entre sí, y por puro azar le abrió futuros impensados. No es que, después, el azar haya faltado a las citas con ella, no, no, siempre asistió puntualmente a cada encrucijada. Sólo que ella aprendió a vivir su vida, a golpes, con pasos de baile, con caricias, a empujones. La construyó de a poco, con estrellas fugaces, horarios de oficina, flores en el cementerio, visitas al ginecólogo, el olor salobre del mar, el corazón rompiéndose y arreglándose. La construyó silenciosamente, con decisión y también con dudas. En ésta su vida le es suficiente recordar la bicicleta azul y amarilla al lado del fresno, para volver a ver con nitidez y ternura a la niña que fue y todavía es, saludándola del otro lado del espejo.

Elena pensaba distraídamente en todo esto y en muchas otras cosas, mientras esperaba que el café se enfriara lo suficiente. Se había dormido, no tenía mucho tiempo si quería pasar por la farmacia antes de ir a la oficina. Ya estaba terminando su último libro. Trataba, todo él, de los dulces ojos castaños que irrumpieron en su vida hace menos de dos años. Su dueño dormía, probablemente con el cobertor caído, seguro abrazado a su osito nuevo pero ya maltratado. Sin dudas alguna, había reservado sus mejores poemas para este ahora, para crearlos en este ahora único de su vida, con el corazón ya entero e indivisible y completo y abrumado por tanto amor que hasta traduce pañales sucios en una línea de poesía. Sale y camina apurada las dos cuadras hasta la farmacia, el monedero, el paraguas y las llaves de la casa. Se impacienta con un cliente que no parece estar seguro qué quiere comprar, a qué vino a la farmacia. Fastidiada, observa a los dos muchachos que ingresan empapados por la lluvia, veinte y pico o treinta años, parecen algo idos, gritan mucho, qué es lo que gritan, por qué gritan, la farmacéutica se congela de miedo, el señor de las gafas también, Elena también, todos se congelan. La farmacia es una pulcra fotografía en blanco y negro, de pronto nadie habla, nadie grita, y en ese instante alguien trata de entrar empujando con fuerza la puerta, la puerta choca contra uno de los asaltantes, él tambalea, casi cae, su compañero se asusta. Elena, en un extraordinario microsegundo de lucidez, se da cuenta que está pensando su mejor poema, las imágenes se le agolpan en la mente y las convierte en palabras sin esfuerzo alguno, encuentra antónimos y parónimos y sinónimos sin siquiera buscarlos. Con el corazón roto en dos pedazos por última vez, irrevocablemente y sin posibilidad de arreglo, cae al suelo, recordando (ahora sí) la cara y el nombre de su antiguo amor. Seguro que la bicicleta azul y amarilla está apoyada en la pared, a la entrada de la farmacia.